11/3/12

Por deporte

Hay dos negocios que no pueden ir mal si están situados en las proximidades de una universidad: una copistería y un bar. Nada más salir por la puerta de mi facultad, lo primero que te topas de frente es el segundo elemento de esa clasificación. Allí me encontraba yo, descansando después de una dura jornada de trabajo. Hay gente que, para desconectar de la rutina diaria, salta por un puente atado a una cuerda o se tira de un avión con una mochila a las espaldas. Yo discuto con gente que jamás me dará la razón. Por deporte.

Así pues, estaba manteniendo una conversación, por llamarlo de alguna manera, con un tío muy pijo y más de derechas que Le Pen cantando el Cara el sol. Entre otras perlas me soltó: "¿Qué más les da cómo le llamen a eso que hacen los gays mientras tengan trabajo?"

Poco después se unió a nosotros un viejo francés y fascista confeso. Tan facha era que hasta a mi pijo contertulio le daba algo de repelús.

Empezó a hablar de su coche de lujo, que conducía a doscientos kilómetros por hora (se conoce que siempre va con prisa) y de una avioneta que guardaba en un hangar en algún lugar. De sus transportes de lujo pasó a sus hábitos culinarios. Su plato favorito: el pato a la naranja. En ese momento ya me dio la risa. En mi mente se formó la imagen del francés conduciendo a toda velocidad por unos acantilados bajo el sol, bufanda al viento, llegando a su hangar, aparcando el coche al lado de la avioneta y subiéndose en ella, donde unas azafatas le servirán el pato a la naranja mientras se bebe chupitos de Acqua di Gió.

Entonces le pedí que me disculpara, ya que no me veía capacitado para discutir con alguien con un tren de vida tan alto y unos gustos culinarios tan exquisitos. “Perdona eh… Yo es que no tomo pato a la naranja.” De pronto, el pijo joven se gira y me espeta: “Ahí te has pasado. Me has ofendido hasta a mí.” Y me lanza una mirada de odio mientras se atusa el jersey de sus hombros. Ante mi mirada de sorpresa, continúa: “Es que el pato a la naranja no está tan caro.”

Desconozco cuánto cuesta mantener un coche de alta gama, o el precio en el mercado de una avioneta y de un hangar. Tampoco sé cuánto cuesta, ni me importa, el pato a la naranja. De lo único que estoy seguro es que hace algún tiempo que alguien ha abierto el grifo de los imbéciles y se ha olvidado de cerrarlo. La bañera ya ha desbordado y estamos hasta el cuello de capullos.

La duda que se me plantea en todo este asunto es qué hacía aquel señor en un bar de estudiantes de cañas a un euro. Supongo que esperaba mientras su sirvienta compraba las naranjas para su jodido pato. O a lo mejor es que su manera de pasar el rato es juntarse con el populacho. Por deporte.

2 comentarios:

Junior Mortimer dijo...

Ni Francés, ni fascista. Tu hamijo te hizo utilizó el clásico subterfugio para no tener que contarte que lo que en realidad le gustaría comer es GATO.
Palabra clave: Melmac

http://www.youtube.com/watch?v=2JlnDtLw_AE

Peruata dijo...

Beeeerto, Beeerto... Qué está pasando?
Tú poniendo cordura? Tú defendiendo a gays?
No hablarías en los mismos términos de otras razas?