6/2/12

Barcelona me odia

Un breve paseo por la ciudad me ha servido para darme cuenta de que a Barcelona no le gusto tal como soy y que ha emprendido una dura batalla para cambiarme.

Como una marioneta cuyos hilos manejara la Ciudad Condal, una chica carpetera se interpuso en mi camino con la firme intención de hacerme más solidario y comprometido con el mundo, intentando que me hiciera socio de la ONG para la que trabaja (supongo que a cambio de un sueldo; hazlo gratis si eres tú tan solidaria).

Después de escuchar el discurso que la chica tenía perfectamente memorizado, una terrible historia que incluía niños sin techo drogadictos y prostitutas africanas embarazadas a las que quieren sacar de la calle durante el periodo de gestación, decliné la oferta de unirme a su organización.

Ella no comprendía nada. Me estaba ofreciendo la posibilidad de cambiar el mundo, de hacer de este nuestro planeta un lugar mejor, tan solo con una firma y mi número de cuenta… Y yo la rechazaba. ¿Por qué? ¿Es que acaso no quería salvar la Tierra?

Le expliqué mis motivos para no querer unirme a su ONG, cosa que no tenía que haber hecho, pero ella insistía. Así que le dije que odiaba el mundo, que las putas embarazadas solo querían una excusa para estar nueve meses de vacaciones pagadas de mi bolsillo y que me negaba a darle un techo a los niños drogatas, que se buscaran un trabajo, cojones.

Me dejó en paz al instante. Así que, libre ya de la chica y su carpeta, seguí con mi deambular, a la espera de una nueva señal de los intentos de Barcelona por cambiarme. No se hizo esperar. Solo había avanzado un par de metros cuando un chico me salió al paso para darme un panfleto y decirme: “Tienes un 10% de descuento para renovar tus zapatillas.” Me observé los pies y pensé: “¿Qué les pasa a las mías? ¿Es que no son suficientemente buenas para la cuna de la modernidad?”

Así que seguí caminando hasta que, de pronto, Barcelona puso en mi camino a un apóstol salvador de los animales. Caminaba con los brazos en cruz, con panfletos en cada mano y, como un hombre anuncio, en el pecho llevaba un cartel que rezaba “La carne es un crimen” (Yo había oído hablar alguna vez del pecado de la carne, pero no sabía que ya había ascendido a la categoría de crimen) y, por detrás, otro que ponía “Tu comida tiene nombre” ilustrado con la imagen de un animalito ensangrentado.

He de reconocer que esto sí que me hizo pensar. “Tu comida tiene nombre.” Pues sí, filete de ternera se llamaba la mía.

Dejé atrás al apóstol para encontrarme, más adelante, a un señor que me preguntó, sin ningún tipo de reparo y a plena luz del día: “¿Marihuana, amigo?” No sé si quería comprar o vender, pero me paré en seco, alcé la vista al cielo, y exclamé: ¿Drogas, Barcelona? ¿Es esta tu última artimaña en tu intento desesperado para cambiarme?

Abatido por las circunstancias me dirigí a mi casa, el último reducto que me queda en esta ciudad hostil que brega por cambiar mi esencia y transformarme en algo que no soy.

En busca de un poco de descanso, tanto físico como espiritual, me propuse darme una ducha caliente y así evadirme de esta ola de frío siberiano que nos azota. Pero, ¡Oh, campos de soledad! ¡Oh, mustios collados! Cuál fue mi sorpresa al encontrarme que el calentador no funcionaba. Supongo que el Karma, en su infinito rencor, me estaba castigando por no haber querido ayudar a las putas africanas.

Pero yo, que soy un chicarrón del norte, decidí darme la ducha de todos modos. Un poco de agua fría no le hace daño a nadie. Abrí el grifo y al instante apareció, para saludarme, Robert Louis Drake, más conocido como el Hombre de Hielo. Mientras perdía la dentadura por el castañetear de los dientes y tiritaba hasta que se me descolocó la columna, me acordé de la madre de todos aquellos que alguna vez dijeron que el agua fría es buena para la circulación.

La palabra hipotermia tomó un nuevo significado en mi vocabulario, al tiempo que me preguntaba por qué, si es tan buena para la circulación, no substituyen cada rotonda por un guardia urbano dándose una ducha helada.

Y así, amigos, es como perdí todos los dedos de los pies y pasé de calzar un 42 a una 38. Al final el hijo puta del panfleto se ha salido con la suya, ya que tendré que cambiar mis queridas zapatillas por unas que se ajusten a mi nueva talla.

1 comentario:

huerteando dijo...

Como se nota que detrás de tanta letra hay estudios, y no como un pobre analfaberto como mi sombra. Me ha gustado mucho, almenos, uno de esos hijos, que una vez conocí, parece que piensa y no se deja llevar simplemente.