31/3/09

Gracias, Murphy

Este fin de semana se ha producido una perturbación en la fuerza. Supongo que todos aquellos que tengan una sensibilidad especial lo habrán notado. La perturbación no tuvo nada que ver con que la familia de Luke fuera atacada o con que Joda se tirara un eructo.

Os explico. El sábado por la noche, decidí volver pronto a casa (sí, ¿Qué pasa? A veces vuelvo pronto) y, oh campos de soledad, oh mustios collados, la desgracia se había cernido sobre mi edificio. La luz se había ido. Para los que no lo sepáis, vivo en un noveno piso. Y para los que no lo sepáis, sin luz, el ascensor no funciona. El sistema de ascensores a base de poleas y esclavos, se abolió una vez inventada la electricidad.

Así que me enfrentaba a la homérica tarea de subir quince pisos andando (vale, eran nueve, pero a mi me parecían más). No pasa nada, me dije. Soy un chaval sano y deportista… Bueno, soy un chaval.

Así que subí los nueve pisos andando, arrastrándome a veces, y cuando por fin puse un pie en el último escalón… La luz volvió. Gracias Murphy, muy majete.

Entré en casa, me desvestí, me puse el pijama… y cuando iba a calentarme un baso de leche… La luz se volvió a ir. Estamos graciosos hoy eh, Murphy, pensé.

“Pues ya que tienes ganas de jugar, juguemos.” Me había propuesto dejar en jaque a Murphy y acabar de una vez por todas con él. Cogí un gato y, después de constatar empíricamente que siempre caía de pie tras lanzarlo un par de veces al aire (y después de ponerme betadine en los arañazos de la cara), cogí una tostada y la unté por un lado con mantequilla. Después de tirarla un par de veces al aire y comprobar que siempre caía sobre el lado de la mantequilla (y después de quitarle toda la pelusilla que se le había pegado), cogí al gato y le até la tostada en la espalda (¿Los gatos tienen espalda?) por el lado que no tenía mantequilla. Así que por un lado tenía un gato que siempre cae de pie y por otro lado una tostada que siempre cae por el lado de la mantequilla. Cogí al gatoquilla (así bauticé al gato con mantequilla) y lo lancé al aire.

Lo que pasó luego fue algo indescriptible. Un destello de luz inundó la estancia y el gato y la tostada se esfumaron. El tiempo se detuvo. El espacio se quebró con estruendo ensordecedor. La tierra vibró y el mundo se colapsó. Un carro tirado por querubines alados voló sobre mí y me anunció el sentido de la vida, mientras una lluvia de estrellas caía sobre mí. Fue la catarsis espiritual, el sumun, la hostia.

Al día siguiente mi señora madre me dijo que el destello de luz había sido la luz de cocina, que me la había dejado encendida y al volver la electricidad se había encendido, que el tiempo no se había detenido, sino que el reloj estaba parado por que no tenía corriente, que el estruendo había sido el gato que había roto el jarrón del salón y que hablando de gatos le explicara que narices hacía un gato en casa, que nosotros no tenemos gato y que de paso le explicara que narices hacia una tostada llena de pelusa en medio de los restos del jarrón.

Pero del carro tirado por querubines alados no me dijo nada.

2 comentarios:

Rosicky dijo...

Ajaja... estás mal...

¡La maldición de los gatos también se cierne sobre ti!

Ya te contaré :D

¡Ven a Santiago, mamón! jijijiji

El domingo viene mi hermana

¡Un abrazo amigooo! :)

kp dijo...

Que le has hecho a isis, cabron!



:*