26/11/08

Walter Cox

Hoy voy a hablaros del inventor del inodoro, no en la forma como lo conocemos actualmente, pero sí en su forma primitiva. El hecho de que la mayoría de la gente crea que las siglas W.C. significan water closet, es una prueba de cómo la historia ha tratado a su principal precursor, ya que las siglas W.C. no son otra cosa que las iniciales de Walter Cox, su inventor.

Antiguamente, como todos sabéis, no había los baños que existen hoy en día y la gente no tenía más remedio para aliviarse que hacer lo que se conoce como cagar de campo o, dicho más finamente, cagar de labrantío.

Con el paso del tiempo, en las zonas más habitadas, se habilitaron espacios concretos para hacer de vientre. Estos espacios consistían en una zanja cavada en la tierra dónde la gente, en la tradicional posición del caganer (véase foto), aliviaban sus necesidades fisiológicas.



Caganer



Si se os hace difícil pensar como sería aquellas zanjas pre-inodoras, no tenéis más que entrar en los baños de ciertos bares por la noche, ya que el aspecto es francamente similar.

Y es en este punto de la historia dónde entra Walter Cox.

Walter Cox era un carpintero inglés y, además, un alcohólico empedernido. Después de un duro día de trabajo, lo que más le gustaba a nuestro querido amigo Walter, era irse a la taberna a cogerse unas cogorzas de campeonato.

Más de una vez, estando en la taberna practicando su deporte favorito, recibió la llamada de la selva. Así pues, presto corría hacia esas franjas de las que antes os hablé, ya que el vandalismo no se inventó hasta siglos más tarde y la gente en aquella época solía usar las zonas habilitadas para evacuar, absteniéndose de hacer sus necesidades en cualquier parte de la vía pública.

Borracho como solía ir y, puesto como estaba en la posición natural de defecar, posición en la que es difícil mantener el equilibrio en estados avanzados de etilismo, más de una vez acabó en el fondo de la zanja, retozando entre los deshechos de sus convecinos.

Si bien se suele decir que la belleza está en el interior del ser humano, cuando sale fuera, suele ser bastante asquerosa y no suele ser placentero rebozarse en ella.

Aunque parezca bastante desagradable, y de hecho lo es, a Walter le solía importar bastante poco y regresaba a la taberna a seguir bebiendo, descubriendo además que la gente le hacía hueco rápidamente sin tener que preocuparse de hacerse sitio.

Pero a su mujer no le hacía tanta gracia el asunto. El hecho de que su marido llegase, no solo borracho, sino que también hediendo, y pretendiese meterse en el lecho junto a ella, era algo que podía soportar una vez, quizás dos, pero no más.

Así que el señor Cox se veía obligado a hacer una y otra vez lo que hoy llamamos “irse a dormir al sofá”. Pero si el lector es un poco avispado, habrá deducido que, si no había baños, muchos menos iban a existir confortables sofás cama.

Cansado de dormir en condiciones bastante incómodas como en el suelo o en un montón de paja y dándose cuenta de que no podía ir toda su vida apestando, Walter se debatía entre dos opciones: dejar de beber, o dejar de cagar.

Para Walter cualquiera de las dos opciones le parecía una locura y, si hubiera podido, antes dejaría de defecar que de beber.

En esa tesitura estaba cuando tuvo una genial idea: no necesitaba dejar de excretar y mucho menos, gracias a Dios, dejar de beber. Bastaba con dejar de caerse a la zanja de mierda (con perdón, pero no se me ocurre otra manera mejor de llamar a esa zanja).

La pregunta que se le planteaba entonces era cómo dejar de caerse en el foso.

Precisamente cagando fue como se le ocurrió el invento y, sin limpiarse ni nada, corrió a su casa a fabricarlo.

Cogió una silla de madera y le realizó un corte circular en el asiento. Desde entonces, iba a la taberna con su silla-cagadero, (silladero, como él lo llamaba) y cada vez que sentía un apretón, corría a la zanja silladero en mando, lo plantaba en medio de la mierda (con perdón una vez más) y se sentaba a realizar sus necesidades, evitando así acabar de deshechos hasta las cejas.

Luego el invento fue evolucionando hasta llegar al inodoro actual, dejando, lamentablemente, a Walter Cox sumido en el olvido.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lector número uno dice:

jajajajjajaaja pobre walter, pero aquí se demuestra, la falta de sexo agudiza el ingenio! A ver si salgo yo un día de estos de la zanja de mierda y me marco un silladero de esos jajajajaja

salut!

berdt dijo...

ajajaja

vale lector numero, vale xDD

Karla Poe dijo...

En fin xDDDDDD

Como t aburres xD


:***