11/11/08

Rafael Delerm

Aquella noche, la sala de fiestas del hotel Wurtzel, muy de moda en aquella época, se encontraba abarrotada. Rafael Delerm, reconocido escritor, pintor y escultor (entre otras múltiples facetas), presentaba su nuevo libro.

Al evento habían acudido los personajes más relevantes del mundo del arte y los periodistas que, afortunados ellos, se habían echo con un pase. La inmensa sala, por donde no paraban de circular de un lado para otro camareros uniformados portando bandejas, estaba repleta de mesas de diferentes tamaños, que a su vez se encontraban repletas de invitados. En el centro de la sala, estaba situada la mesa más grande, presidida por Rafael Delerm, quien, en un momento dado, se levantó y, dando unos suaves golpes con el cuchillo en su copa, pidió silencio.

Un sentimiento de asombro y expectación recorrió a todos los presentes.

- Oh, es increíble, va a hablar. – Se escuchó susurrar a alguien.

Rápidamente, los periodistas desenfundaron sus libretas y prepararon sus bolígrafos.

Cuando el silencio se hubo hecho por completo y toda la atención estaba centrada en Rafael Delerm, este profirió un largo, profundo y sonoro eructo. Satisfecho con su flatulencia, miró a todos los comensales unos instantes y volvió a sentarse.

Un murmullo se apoderó de la sala. Todo el mundo intercambió miradas de asombro entre si. Un tímido aplauso se escuchó al fondo de la sala y se fue extendiendo hasta convertirse en una gran ovación de todos los invitados que, en pie, se maravillaban con la intervención de su anfitrión.

Minutos después la gente aún comentaba asombrada lo que acababa de suceder.

- Qué manera de expresar lo incomprendido que se siente, lo pequeño del ser humano ante el universo…
- Qué vehemencia, qué arte, que manera de expresar tanto con tan poco…

Loanzas por el estilo se podían oír por doquier, a lo largo y ancho de toda la sala. Los periodistas se lanzaron a los teléfonos para comunicar lo sucedido a la redacción, esperanzados con la idea de estar a tiempo para que su noticia apareciera en la primera plana de la edición de última hora.

En medio de toda esta conmoción, el joven Paul, que se encontraba trabajando como camarero, tras presenciar tan maravillosa intervención, acababa su turno. Así que fue a cambiar su impoluto uniforme de camarero por sus tradicionales pantalones gastados y su camisa vieja. Una vez cambiado, se dirigió al baño para refrescarse antes de irse a casa. Estaba secándose las manos, cuando salió de uno de los retretes el mismísimo Rafael Delerm.

Nada más verlo, Paul le preguntó:

- No habrá usted tirado de la cadena, ¿verdad?

Entre asustado e indignado por esa pregunta, Rafael Delerm contestó:

- Pues claro que sí, ¿qué se ha creído usted?

A lo que nuestro simpático camarero replicó:

- Que manera más absurda de desperdiciar su arte. – Y añadió, con una sonrisa socarrona, mientras salía del servicio- Buenas noches, y buen provecho.

Cerró la puerta al salir, dejando a un atónito Rafael Delerm tras de si.


Tres meses más tarde, Piero Manzoni, reconocidísimo artista e íntimo amigo de Delerm, tuvo la mejor idea de su vida: se le ocurrió enlatar sus excrementos y venderlos a precio de oro.

En la actualidad, una de esas latas fue subastada por el precio de 124.000 euros.

¿Les parece exagerado?

Desde luego que no, el arte no tiene precio.