4/10/17

Menos es MásMóvil

Una de las cosas que más grima me produce de mudarme es contratar internet en casa. Me da una pereza hiperbólica navegar entre las ofertas de las diversas compañías hasta encontrar la menos pirata de todas. Están compañías como R, Orange o Movistar, que te encandilan con ofertas considerables durante los tres primeros meses, especialmente si unificas Wi-Fi, televisión, teléfono fijo y teléfono móvil, el tuyo y el de tu padre, seguido de una inflación digna de las peores crisis del petróleo. Tras el silencio incómodo que se produce cuando afirmas que tele no tengo, teléfono fijo no me interesa y de móvil ya estoy bien, gracias, te ofrecen con mal disimulada displicencia una tarifa que, oiga, no está nada mal, hasta que sigues con la vista el recorrido invisible que une el asterisco que acompaña al precio con el que encabeza la letra pequeña y descubres algo maravilloso llamado cuota de línea, o cómo duplicarte el precio con dos sustantivos y una preposición.

Finalmente llegan a mis oídos las virtudes de MásMóvil que, francamente, no pinta nada mal. Introduzco mi número y pulso con el dedo en la pantalla de mi móvil el botón de "llamadme gratis". Instantes después una voz femenina me saluda con un cordial "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?". Me explica las condiciones, el precio (que, según dijo, es "para siempre", más un único gasto de diez euros por el envío del módem) y la permanencia (de 8 meses pero, y cito literalmente, "como si no la tuviera", porque si te das de baja antes solo tienes que pagar lo correspondiente a un mes). Le digo que me parece todo allright y ella me pregunta si soy yo el que toma las decisiones en casa. Una pregunta complicada. Le digo que tengo que consultarlo y ella se ofrece a llamarme en un rato. Decidimos que venga, al lío, MásMóvil sea. Me llama de nuevo y empezamos el proceso de contratación. Me faltan datos. Dice que no hay problema, que me llama luego. Y así sucesivas veces. Me ha llamado esta señora más veces en un día que mi madre en el último mes. Conseguimos finalizar el proceso y me asegura que en breves me llegaría el módem y un técnico se pondría en contacto conmigo para la instalación. Perfecto, oiga.

Dos días después un mensajero nos trae a la puerta de casa el módem. Del técnico no hemos tenido noticias, ni se esperan. Los días pasaron y empecé a ponerme nervioso, así que decidí ponerme en contacto de nuevo con MásMóvil. Y ahí empiezan las risas. Introduzco mi número de nuevo y pulso "llamadme gratis". Instantes después otra voz me repite aquello de "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?". Le explico que yo ya tengo un servicio contratado pero que necesito hacer una consulta. Me contesta que ese no es el teléfono correcto para dudas y consultas y me indica dónde hacerlo. Cuelgo, marco (un número no gratuito, por cierto) y, vaya, qué casualidad, ahora que mi llamada no está motivada por la contratación de un producto ya no soy digno de que ser atendido por un ser humano, sino que me recibe la fría y calculadora voz de un robot dándome diversas opciones. La primera es en qué idioma quiero ser atendido; para ser atendido en español, marque uno. Dejo que siga hablando, por curiosidad, y cuando llega al suajili decido marcar el número uno sorprendido con la cantidad de lenguas que domina esta gente de MásMóvil (salvo, curiosamente, gallego, catalán y euskera). Una voz, robótica también, me pregunta "¿Cuál es el su número de teléfono móvil MásMóvil, dígito a dígito?". Silencio. No tengo número de móvil MásMóvil, solo he contratado Internet, y se supone que me han asociado un teléfono fijo, porque te dan uno quieras o no quieras, pero tampoco lo sé porque nadie se ha molestado en decírmelo (y no tengo línea en casa por lo que ni siquiera puedo llamarme para averiguarlo). "No he entendido, ¿puede repetir?", inquiere la voz. Cuelgo desconcertado.

No me desanimo. Busco en la página de MásMóvil y encuentro otro teléfono de supuesta atención al cliente. Una voz robótica me indica que si soy una empresa marque uno, si soy un particular, marque dos. Elijo la segunda opción y, para continuar, se me solicita que introduzca mi número de teléfono fijo MásMóvil. Del desconcierto paso al ligero mosqueo. Vamos a ver... Que no lo sé, que no me lo han dicho, que me dejéis hablar con alguien. "No he entendido, ¿puede repetir?". Uy, qué música, vamos a llevarnos bien Mr. Robot...

El que sigue, la consigue (dicen), así que busco y encuentro otro número de "atención al cliente" (por llamarlo de alguna manera). Marco mientras me pregunto qué tipo de casa de locos tiene tantos teléfonos diferentes de contacto para el consumidor. Una voz, robótica, por supuesto, me informa de que si quiero escuchar la oferta comercial haga el favor de marcar uno y que si, por el contrario, ya soy cliente de MásMóvil y deseo alguna información sobre mi factura, hacer una reclamación o hacer otra consulta, marque dos. Esta es la mía, pienso mientras pulso dos lleno de renovado entusiasmo. "Si ya es cliente de MásMóvil y quiere información sobre su factura, hacer una reclamación o hacer otra consulta, llame al 23*ruidoindescifrable*3. Gracias." Y cuelga sin más ceremonias. Vamos a ver, que no me quiero cabrear. ¿Por qué no me comunican ya desde ahí? ¿Qué quieren de mí? Marco el número que creí entender y mi teléfono me informa de que no hay ningún cliente asociado a ese número. Mecagoensatanás... Llamo de nuevo a MásMóvil. "Si quiere escuchar la oferta comercial marque uno, si ya es cliente de Más Móvil y quiere..." Etc, marco dos. Que digo yo que podían decir directamente el número sin hacerme marcar el dos para luego repetirme la frasecita y mandarme a la mierda. Marco dos. Me repite la puñetera frase y el teléfono. Ahora sí. Lo tengo. "Gracias." A ti. Marco el número de cuatro dígitos que me ha dicho. Mi teléfono me informa de que el número marcado no existe. Estamos de cachondeo. A estas alturas creo que sería más sencillo contactar con alguna persona, un sentimiento con seres humanos, mediante güija que por teléfono. "Si desea maldecir a todo el departamento de atención al cliente, marque 666."

Decido que a la mierda todo, que me van a oír quieran o no. Introduzco mi número y pulso el botón de "llamadme gratis". Enseguida me llama una voz humana (¡Por fin! Estaba a un paso de pintarle una cara a una pelota de vóley y ponerme a hablar con ella): "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?" Mire, yo es que ya soy cliente. De Internet. Tengo el módem y todo aquí en casa. Pero es que no sé cuándo van a venir a hacer la instalación, si es que van a venir, y no consigo hablar con nadie. Que no es por meter prisa, que me da igual si viene hoy, mañana o dentro de un mes. Es por saber si le espero o ya desespero del todo. Ya sé que este es el servicio de altas, pero mire a ver si usted, por favor, pudiera comunicarme con alguien. "Lo siento, pero es que este es otro departamento y no puedo comunicarle con nadie". Pues me va a permitir que le diga que para ser una empresa de comunicaciones, se comunican fatal. "Ya, bueno..." ¿Quién es el perturbado desquiciado y kafkiano que diseñó la arquitectura de comunicaciones de esta empresa? Me encantaría conocerlo. "..." Vamos a ver, es que para atenderme me piden mi número de teléfono MásMóvil para pasar la primera barrera, pero es que móvil no tengo y el fijo no me lo ha dicho nadie. "Ya, entiendo..." Entonces no tengo manera de hablar con nadie para saber cuándo va a venir el técnico para instalarme un servicio que ya tengo contratado. "Entiendo, pero es que yo no puedo hacer nada." Entonces lo que voy a hacer es devolver las facturas, de momento imagino que solo tengo la del módem, porque no voy a pagar por un servicio que no tengo. "Tiene usted razón." Pero... Oiga, quiero decir... Que me doy de baja, eh. Que pongo una reclamación en consumo y devuelvo cualquier factura que me llegue. "Lo entiendo, es lo que debería hacer..."

No te jode, claro que lo entiende. Y le da igual, ¡vaya si le da igual! (A mí también me daría igual todo si trabajara para una empresa sacada de El proceso.) Mi amenaza se la trae al pairo porque sabe que no hay manera humana de darse de baja porque los empleados de MásMóvil solo están programados para dar de altas, único departamento que realmente existe en esta empresa de perturbados. Por eso, cuando di de alta el servicio me dijeron que el precio era de por vida, porque moriré sin darme de baja (¡porque jamás podré hablar con nadie!) y sin que me proporcionen el servicio.

Pues nada, gracias eh, hasta luego. "Gracias por su llamada, ¿puedo ayudarle con algo más?" ¿Estás de broma?
Decido que soy muy joven para que me de un infarto así que salgo a dar una paseo y, de paso, a comprar las entradas de un festival de cine que empieza en los próximos días. Saludo a la taquillera, hola buenas tardes cómo está, y le pido que, si es tan amable, me dé dos abonos para el festival de cine, por favor y gracias. Ya me pone cara rara, mal empezamos. "Mira, es que los abonos los tengo aquí —dice señalándolos—, pero es que aun no puedo venderlos... ¿Te importa volver dentro de un rato?"

Faltaría más, ¿para qué está mi tiempo sino es para perderlo lidiando con agentes al servicio de la burocracia kamikaze? Vuelvo en un rato y cuando me ve llegar pone cara de no te va a gustar lo que te voy a decir. "Lo siento, aun no puedo venderlos..." ¿Qué quieres decir con que no puedes? ¿No puedes físicamente? ¿Te están apuntando con un arma? ¿Qué necesitas para poder venderlos? "Yo que tú volvería más tarde... O mañana." Vuelva ya si eso cuando sea, por @marianojosédelarra, romántico 2.0. "Pero mira, puedes comprar las entradas por internet..." Me explota la cabeza. No sé si tratar de explicarle que no tengo internet, pero que de verdad, te lo juro, estoy luchando por tenerlo, o si intentar comprender cómo, teniéndolas físicamente en la mano, que las estoy viendo, las blande mientras me dice que no puede proporcionármelas, puede vender las entradas online pero no aceptar mi sucio dinero directamente de mi mano. Mi cerebro intenta hacer las dos cosas a la vez, colapso, y me voy farfullando y gesticulando con los brazos mientras me empiezan a salir espumarajos por la boca.

De camino a casa se me abre algún chacra y decido llamar a uno de los múltiples números de MásMóvil y teclear, cuando me lo soliciten, un teléfono al azar, a ver qué pasa. ¡Bingo! Paso la primera barrera. Me piden el DNI. ¡Esa me la sé! Lo introduzco, dígito a dígito, tal como me indican (no sé de qué otra manera podría hacerlo), y la voz robótica me informa de que en breves me atenderá alguien. Lanzo al móvil al aire, lo agarro, doy un voltereta y ejecuto la danza húngara de la alegría al borde del llanto. La misma voz robótica me informa de que el tiempo de espera para hablar con un agente es de tres a cinco minutos y le da al play a una cancioncita muy bailonga. Después de esta travesía por el desierto.... ¿Cinco minutos? Me da la risa. Bailo al son de la cancioncita hasta que termina y vuelve a empezar. Y vuelve a terminar. Y se me pone un rictus nervioso en la cara. "No se retire, en breves momentos..." No me vaciles, sobre todo no me vaciles. Suena de nuevo la canción mientras los dedos de mi mano pierden el color por la fuerza con la que estoy apretando el teléfono. Se acaba de nuevo la canción. "El tiempo de espera en estos momentos es mayor a cinco minutos —informa Mr. Robot—, le aconsejamos que llame en otro momento..." Vete a la mierda. Al mismísimo guano. Que te den por saco a ti y a toda tu estirpe de voces robóticas y desalmadas. Te deseo todas las plagas bíblicas, que te corroa la herrumbre, que el óxido pudra tus dientes metálicos y jamás puedas volver a decir su llamada es muy importante, le atenderemos en breves momentos, no se retire. Vete al infierno robot.

Pensarás que, como estás leyendo esto en internet, habré ganado de alguna manera la batalla. Pues no. He perdido. La burocracia kafkiana y kamikaze ha podido conmigo. Me comunico desde la biblioteca pública más cercana, mientras el módem MásMóvil se descojona de mí en el salón de mi casa. Delante de mí, en mi teléfono móvil, mi número parpadea en la pantalla y mi dedo planea sobre el botón de "llamadme gratis". Pienso que quizás, cuando escuche la voz diciéndome "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?", podría intentar contratar de nuevo Internet. Tal vez ocurra una de estas dos cosas: o bien se darán cuenta de que ya tengo contratado el servicio y me dirán oiga, que usted ya tiene internet y yo gritaré como un loco ESO LO DIRÁ USTED (lo que no servirá de nada más que para darme el gusto); o bien empezaré una colección, un museo, una galería, la primera y única gran sala de exhibiciones de módems de MásMóvil. Hagan sus apuestas.


PD: en cuanto puse punto y final a esta entrada, en ese mismo instante, me llegó este mensaje de texto. Me desorino.

30/8/17

Sin Frenines

—Oiga, esto es una encerrona.

Al autobusero no le hace ni puta gracia el asunto. Cuando le dijeron que fuera al despacho del jefe, que tenía una sorpresa para él, no sospechaba que a su alrededor se había gestado un complot para elegirlo como conductor designado. Y no es que se le encomendara la tarea de mantenerse abstemio durante la cena de empresa; ojalá. Había sido seleccionado para conducir el autobús que cada año substituye en las fiestas patronales de Torralba de Ribota a los toros y a las vaquillas.

—Oiga, esto es una encerrona— repitió molesto.
—Casi —contestó su superior—, ¡es un encierro!

Esto es completamente verídico (quizás no la escena que acabo de describir). Un grupo de jóvenes se reúne en una carretera y entona el canto en honor a su patrón. A continuación se escucha el chupinazo, la banda empieza a tocar y la gente echa a correr con el periódico enrollado en la mano. Pero no estamos en Pamplona, sino en Torralba, en algún lugar de Calatayud, y la gente no huye de una manada de toros, sino de un autobús.

Superada la perplejidad que supone el impacto de estas imágenes en mis retinas, no puedo hacer más que aplaudir la iniciativa. ¿Que quieren correr? Que corran. ¿Que quieren adrenalina? Que corran delante de un bus. Y que las vacas, los toros, el alcalde y demás rumiantes se dediquen a pastar tranquilamente.

Me sirve, además, para entender cierto aspecto de una tradición que me es ajena por completo. Lo del periódico hecho un canuto que los corredores llevan en ristre. Siempre me ha fascinado las personas que se plantan delante de un animal de unos 600 kilos armados únicamente con la confianza en sus habilidades de runner y un churro de papel prensa. Para azuzar al toro, dicen. Entonces, ¿por qué en Torralba también lo hacen? ¿Por qué plantarse delante de una máquina de diez toneladas enarbolando un periódico? ¿Por pura imitación? ¿Para azuzar al autobús? No. Por fin lo he comprendido. Lo que quieren decir mientras se azotan con el periódico en la pierna, ya sea mientras corren delante de un toro o de un autobús, es «en este, en este... en este quiero que salga mi esquela».

Pero vaya, que me parece bien. ¿Quién puede sufrir en esta fiesta? Quizás se resienta el motor al meter mal una marcha, pero siempre será mejor que sufra el embrague y no un bragado. Puede que haya quien diga que es una manera estúpida de castigar al medio ambiente, que es un gasto innecesario de combustible. ¡Error! Porque, no os lo había dicho antes, pero van pasajeros en el autobús; la juventud corre delante del vehículo durante un trecho de su recorrido habitual. Los perjudicados serían, en todo caso, aquellos pasajeros cuya parada el conductor se salte a la torera.

Al alcalde le preguntan si es seguro todo este asunto. Asiente con seguridad y afirma que cuentan con la complicidad del chófer. Bravo. Estupendo. Maravilla. No sé si le hacen un test psicotécnico especial o se fían porque ya hay confianza. Al conductor, no al alcalde. A lo mejor hay alguno que ve la oportunidad de tomarse la revancha y, como un loco tras el volante, visualiza al cretino que no lleva nunca justo, a la amargada que nunca saluda, al imbécil que pega los chicles debajo del asiento... Templanza, Ermenegildo, que te pierdes, y de poco sirve un chófer que se pierde.

La cara amarga la protagoniza Mustafá, empleado desde hace años de la compañía, al que nunca permiten participar de la fiesta —como conductor— por culpa de su indumentaria. El resto del año que vista como quiera, pero ese día... O se cambia de ropa o no hay manera. Una persona con turbante conduciendo un autobús contra la gente puede dar lugar a confusiones.

También tiene aspectos positivos para los taurinos, que pueden camuflarse de ludistas y protestar, como los ingleses en el siglo XIX, por el imparable avance de las máquinas, que están dejando sin trabajo a mucho bovino inocente. Quizás el argumento más inteligente que este sector haya esgrimido nunca.

Aunque también me gustaría romper una lanza (la del Toro de la Vega, por ejemplo) en favor de los más conservadores. Y es que cosas como estas rompen con nuestras tradiciones, con nuestra cultura; rompen España, si me apuras. Se minan nuestras raíces, se desquebraja nuestra herencia y nuestro patrimonio; se acaba con la fiesta, se termina con el espectáculo (que lo llamen como quieran, pero que no lo llamen matrimonio, digo encierro). Se empobrece así nuestro legado cultural. Desconozco la historia de Torralba de Ribota, pero de donde yo vengo, una tierra rica en tradiciones, ha sido la gente, de toda la vida, la que ha corrido detrás del autobús.
 
 

27/6/17

Problemas de hombre blanco

¿No te jode? Hijos de puta. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? A cuando es domingo y no tienes nada, y cuando digo nada quiero decir NADA, que comer en casa y es demasiado tarde para pedir algo a domicilio y aunque no lo fuera no tienes nada suelto con que pagar, así que abres todos los muebles de la cocina, rebuscas en la nevera, intentas no pensar en cómo te rugen las tripas y entonces, en ese preciso momento, cuando estás haciendo un terrible esfuerzo por no desfallecer y caer desmallado víctima de la inanición, a través del patio de luces, ascendiendo como solo un ángel podría elevarse a los cielos, entra ESE aroma, el olor de la cena que se están preparando tus vecinos, un olor tan delicioso que casi podría alimentarte, pero que por desgracia no lo hace. Joder, qué bien huele, y tú sin nada que llevarte a la boca. Por el amor de Dios, que cierren la ventana. Qué tortura. Qué suplicio. Qué martirio. Qué horror. ¡Qué hambre!

No aguantas más y te pones en plan proactivo y decides que ya es hora de poner solución a tus problemas. Sales de casa, bajas las escaleras y timbras en la puerta de tus vecinos. Sale uno de ellos, sonriente hijo de puta, también tú sonreirías si estuvieras a punto de degustar esa ambrosía divina, y le dices oye, perdona, no quiero molestar, pero me puedes dar una pizca de sal, como si tú, pobre mortal, también estuvieras cocinando algo más que tus propios jugos gástricos en su salsa. Vuelve al cabo de un instante con un paquete de sal, ya me lo devolverás, y tú le dejas caer lo bien que huele, mientras luchas por contenerte y no hincarte de hinojos para lamer las manchas de tomate de su mandil. Verdad que sí, te contesta, siempre sonriente, pero no capta la indirecta, o la capta pero no quiere compartir, el caso es que no te pregunta si quieres pasar a participar de su banquete o si te gustaría un pedacito de su festín para llevar, quizás, valiente cretino, porque al pedirle sal, llámale loco, él deduce que tú también te estás preparando la cena.

Vuelves a tu casa maldiciendo para tus adentros con el paquete de sal en la mano, pensando que en su lugar debiste haberle pedido el calcetín que hace meses que se te cayó en su tendal, así por lo menos tendrías algo que llevarte a la boca. Decides poner la televisión, a ver si con suerte echan alguna noticia del PP y se te quita el apetito. Pero en lugar de eso no paran de salir esos anuncios de niños famélicos y desnutridos, rodeados de miseria, llorando, y no puedes evitar sentirte tan identificado. Y entre los anuncios de niños hambrientos, prueba irrefutable de que detrás de la programación televisiva se encuentra algún desalmado hijo de Satanás, aparece el anuncio de una lasaña deliciosa, recién horneada, que hace que tu estómago se retuerza un poco más, y venga otro anuncio de niños llorando, sin un mísero pedazo de pan, con sus barrigas hinchadas, y el alma se te cae a los pies mientras en la pantalla aparece un número de teléfono, con una pequeña ayuda, con un pequeño gesto, un simple mensaje de texto, puedes salvar una vida, y estiras la mano hacia tu móvil y te das cuenta de que Domino's no cierra hasta las doce y se puede pagar con tarjeta. 

8/6/17

Fanatismo

Aterricé en Marrakech en una época especial, por decirlo de alguna manera, del año. La gente, durante este acontecimiento crucial en sus vidas, se comporta de un modo peculiar; es decir, más de lo habitual. Durante el día no tiene otra cosa en la cabeza, la gente está muy nerviosa e irascible y, al caer la noche, en las fechas señaladas, se reúnen en diferentes lugares para llevar a cabo sus diversos ritos y adorar a sus dioses y profetas. Se puede escuchar así extraños cánticos, himnos y gritos, desaforados en algunos casos. La práctica totalidad de la sociedad está pendiente de este acontecimiento y el que lo ignora lo hace con discreción por miedo a las terribles consecuencias que podría conllevar. El fanatismo se adueña por completo de la ciudad. Criticar este evento implica un altísimo riesgo y la violencia está a flor de piel. El momento álgido, sin embargo, no se hizo esperar; llegó el pitido final. El Madrid había ganado. La Champions había terminado. La normalidad volvía al planeta.

Respecto a haber visitado la ciudad marroquí en época de Ramadán: bien, sin problema. Dicen que la gente está más irritable que el resto del año, por aquello de pasarse el día sin comer y sin beber. No lo sé, era mi primera vez en el país así que no tengo datos para contrastarlo. Aunque sí que nos hemos llevado alguna mala contestación sin comerlo ni beberlo —tú-tú-pá— no me atrevería a achacarlo al ayuno, sino más bien al hecho contrastado de que en todas partes hay cretinos, independientemente de su religión y sus costumbres. Pero en general todo correcto, gente muy amable, amiga del regateo —no del de Cristiano, que también— y muy lista. Tan lista y tan amiga de regatear que hasta le escamotean tiempo al día, cambiando la hora para que la jornada sea más corta y que el iftar, su primera comida nocturna, llegue antes.

Por lo demás, aprendí algunas cosas: que tengo cara de español e italiano, de porrero y de idiota (aunque esto último ya lo sabía yo sin necesidad de salir de casa). No se explica de otro modo que constantemente me ofrecieran hachís por las calles y que me intentaran cobrar 210 dirhams, unos 21 euros, por unas bolsitas de especias. ¡Oro en polvo, chico!

Aprendí también que J. K. Rowling se inspiró en el Zoco de Marrakech, el mercado, para diseñar el castillo de Howarts. Se trata de un laberinto de estrechísimas callejuelas formado por tiendas y tenderetes en los que se venden los artículos más diversos y del que pensé que jamás saldría con vida. Orientarse allí es un honor reservado únicamente para los locales y puedes olvidarte de intentar usar un mapa; los cartógrafos no se atreven a recoger el entramado de sus calles. Puedes tratar de desandar lo andado pero ten cuidado por que, ¡ah, amigo! sus callejas se mueven a voluntad y corres el riesgo de terminar en la sala en la que Fluffy, el gigantesco perro de tres cabezas, custodia la piedra filosofal. Por suerte para el viajero desorientado, hay un millón de autóctonos dispuestos a ayudarte y que te asaltarán para ofrecerte sus servicios en cuanto te vean dudar un instante, consultar el mapa o, ingenuo de ti, levantar la vista esperando encontrar una placa con el nombre de la calle. Existen al parecer tres tipos de estos amables parroquianos: está el honrado, es decir, el que no da indicaciones pero te guía a tu destino a cambio de dinero; el que es un pelín menos honrado, es decir, el que jura y perjura que no tiene intención de cobrarte y que promete llevarte a tu destino pero que en realidad quiere llevarte al sitio en el que trabaja para que compres en su puesto o tienda; y, por último, el mayor hijo de la gran puta que haya visto el mismísímo Mahoma, que es el que se divierte dándote indicaciones falsas por el simple placer de verte perdido. Anonadado, desconfiado y al borde del llanto observas atónito como te indica que la plaza Jamaa el Fna, desde la que entraste hace 90 minutos y a la que quisieras volver, está en una dirección en la que sabes a ciencia cierta que es imposible que esté. ¿O no es imposible? ¿Es posible que se hayan vuelto a mover las calles? Cuando empiezas a dudar de ti mismo estás doblemente perdido...

¡Pero no todo está perdido, mi buen amigo! De vez en cuando, por obra y gracia de la buena voluntad del concello local, aparecen unos letreros, colgando del techo, con algunas indicaciones. Por ejemplo, Jamaa el Fna todo recto. ¡Aleluya! Saltas de alegría, abrazas a tu acompañante, besas a una señora que pasaba por allí. Echas a andar decidido. Todo recto, todo recto. ¡Por fin! Y, así, caminando todo recto por una calle serpenteante, terminas por estrellarte contra un muro. La calleja desemboca en otras dos calles, formando perfectos ángulos rectos, una hacia la derecha, otra hacia la izquierda. Empiezas a angustiarte de nuevo, quizás te salga un risita nerviosa. Oteas tímidamente en una dirección. Ninguna indicación más. Escudriñas en la otra. Ningún letrero. Comienzas a comprender por qué rezan cinco veces al día. La rectitud, en el mercado de Marrakech, está sujeta a la relatividad y tendrás que jugártela a cara cruz o a pito pito gorgorito y apostar por una dirección. El viajero ingenuo pensará que lo mejor sería avanzar un rato por una de las calles y, en caso de no llegar a su destino, volver sobre sus pasos y tomar la otra calle. Ja! You wish! «Volver sobre tus pasos» está, mon ami, sujeto, en este caso, a las leyes de la Energía de la Improbabilidad Infinita, descrita por Douglas Adams (otro célebre visitante del Zoco) en su Guía del autoestopista galáctico: «Es un maravilloso método para atravesar distancias interestelares en unos segundos sin perder el tiempo en el hiperespacio —el Zoco, en este caso—. Cuando el motor alcanza la Improbabilidad Infinita pasa por todos los puntos de cada universo concebible al mismo tiempo. Es decir, usted nunca sabe dónde va a terminar o de qué especie será cuando llegue, por eso es importante vestir apropiadamente».

El intrépido visitante vaga por las callejuelas soñando con pisar de nuevo la plaza, donde promete arrodillarse y besar el suelo si consigue llegar con vida, si es que antes no muere de insolación, sed o inanición, cae fruto de la enajenación o fenece atropellado por una de las dos millones de motos que circulan a toda velocidad por calles de no más de dos metros de ancho.

Es, en definitiva, más difícil salir del Zoco que de la droga, a la que con toda probabilidad el desquiciado viajero termine por recurrir para intentar olvidar la hora maldita en la que se internó en tamaño laberinto.

Vista de la puesta de sol desde la plaza Jamaa el Fna




11/1/17

Por los pelos

¿Qué le pasa a esa gente? Me refiero a esas personas que cuando llaman al ascensor mantienen pulsado el botón durante más tiempo del estrictamente necesario, algunas incluso hasta que las puertas se abren ante sus narices. Es como si pensaran que de esta manera el ascensor va a acudir más rápido, o como si temieran que alguien pudiera robárselo una vez ya pedido por ellos o, lo que es más inquietante, como si creyeran que pueden impedir que esto suceda simplemente por pulsar el botón hasta el fondo.

¡Cuántos incautos se habrán visto arrastrados hasta un piso al que no querían ir porque se cerró el ascensor con ellos dentro mientras pulsaban impotentes el botón de abrir las puertas sin saber que tú estabas ejerciendo todo tu poder sobre el aparato! Por no hablar del pobre diablo que entra en el portal y se dirige corriendo al ascensor para evitar que se le escape, con las puertas ya casi cerradas, y consigue meter un brazo para intentar retenerlo... Y tú, en tu planta, escuchas un grito desgarrador e instantes después se abre el ascensor ante ti con un brazo en el suelo, un brazo que me imagino dando saltos en un charco de sangre, como un pez fuera del agua, no sé muy bien por qué, y tú miras el brazo como con asco, como si el perro del inquilino del cuarto se hubiera vuelto a cagar, y bajas en el ascensor y sales por encima del cuerpo exangüe de tu vecino mientras piensas ahí te jodas, no haber intentado robarme el ascensor.

¿Y qué pasaría si dos personas en diferentes plantas pulsaran simultáneamente el botón de llamada con el firme propósito de perecer antes que soltar el pulsador y ceder el turno? Me pregunto si sucedería algo parecido a cuando Harry Potter y Voldemort lanzan un hechizo a la vez y sus varitas se unen en un chorro de luz la hostia de cuco (un Priori Incantatem de manual, vaya) pero todo lo que hacen es mirarse con muchísima intensidad y apretar con más fuerza sus varitas. Imagino que sería algo más parecido a cuando dos contrincantes lanzaban un Kame Hame Ha (Onda vital...xa! para los que no tengan un B1 en japonés) en el juego de Dragon Ball GT de la PlayStation y había que pulsar el triángulo muy rápido y seguido para vencer. Algo así.

En esto pensaba (en esto y en si estas son las mismas personas que pulsan muy fuerte y durante mucho tiempo el botón de parada de los autobuses, pero no me quiero meter en terrenos farragosos) mientras esperaba el ascensor en casa de mi hermana, es decir, en el portal del edificio de mi hermana, no es que ella tenga su propio ascensor privado, aunque eso tendría muchísimo estilo, para una comida familiar navideña.

En estas comidas, algunos miembros de mi familia, con toda la buena intención del mundo, me proponen a veces diversas alternativas laborales que pueden encajar más o menos con mi preparación o con mis inquietudes. Como si pensaran que actualizar una vez cada dos o tres meses este vuestro blog del espacio exterior no fuera suficiente para ganarse la vida. Hablando de los diversos gastos que se hacen en estas fiestas, salió el tema de lo que algunas personas pueden llegar a pagar por un peinado para, por ejemplo, fin de año. Y eso por no hablar de lo que puede invertir una novia en su cabellera para el día de su boda. La cosa estaba muy clara: alguna gente gasta mucho dinero en peluquería, hazte peluquero. Blanco y en vasija.

A veces, por darles el gusto, les sigo la corriente. Y la verdad es que bien pensado hasta a mí me empezó a parecer un buen negocio. Si hay gente dispuesta a pagar, como poco, 300 machacantes en una sesión de peluquería, con trabajar, qué se yo, cuatro días al mes, no hay que ser ambicioso, tendría la vida resuelta. Entonces, como si el plan no hubiera sido suyo originalmente, le empezaron a ver lagunas a la idea. No podría hacer tan pocos trabajos al mes porque con ese dinero no podría pagar el alquiler de una peluquería y, siendo así, ¿dónde iba a atender a mis clientes? Es más, ¿dónde iba a captar clientes?

¿En serio? ¿Ese es el único problemilla que le veis al plan? El principal escollo es dónde voy a hacerlo, no que no tenga ni idea de peluquería y que sea tan de fiar con unas tijeras cerca de tus orejas como un socorrista sin brazos (un socorrista sin brazos, se entiende, trabajando en una playa o en una piscina, no cerca de tus orejas, que como mucho podría mordértelas, pero no usar unas tijeras en tu contra). Ya veo a mi familia, el día que se me ocurra ponerme a operar a corazón abierto en plan autónomo (que puede pasar en cualquier momento), poniéndose muy seria y diciéndome "a ver dónde vas a hacer eso, que vas a dejar el salón hecho un asco".

Pero que vamos, si el único problema es ese, la captación de clientes, qué se yo, haré tarjetas, repartiré flyers, me anunciaré en internet, qué más da, voy a ser rico, puedo alquilar una valla publicitaria en medio de la Gran Vía. ¿Quién, en su sano juicio, no acudiría inmediatamente al anuncio de "córtate el pelo a un precio desorbitado con el peor peluquero del mundo en el salón de su casa"? Me parece una publicidad genial.

Y si el problema es mi técnica, lo único que tengo que hacer es ponerme a practicar. ¿No hay una teoría que afirma que todo lo que se necesita para ser un maestro en algo son 10.000 horas de práctica? Lo que necesito ahora son voluntarios-víctima con poco aprecio por su pelo. Quizás pueda obligar a mis vecinos a ser mis conejillos de Indias secuestrándolos apretando muy fuerte el botón del ascensor con ellos dentro.

Me voy a hacer de oro.