30/8/17

Sin Frenines

—Oiga, esto es una encerrona.

Al autobusero no le hace ni puta gracia el asunto. Cuando le dijeron que fuera al despacho del jefe, que tenía una sorpresa para él, no sospechaba que a su alrededor se había gestado un complot para elegirlo como conductor designado. Y no es que se le encomendara la tarea de mantenerse abstemio durante la cena de empresa; ojalá. Había sido seleccionado para conducir el autobús que cada año substituye en las fiestas patronales de Torralba de Ribota a los toros y a las vaquillas.

—Oiga, esto es una encerrona— repitió molesto.
—Casi —contestó su superior—, ¡es un encierro!

Esto es completamente verídico (quizás no la escena que acabo de describir). Un grupo de jóvenes se reúne en una carretera y entona el canto en honor a su patrón. A continuación se escucha el chupinazo, la banda empieza a tocar y la gente echa a correr con el periódico enrollado en la mano. Pero no estamos en Pamplona, sino en Torralba, en algún lugar de Calatayud, y la gente no huye de una manada de toros, sino de un autobús.

Superada la perplejidad que supone el impacto de estas imágenes en mis retinas, no puedo hacer más que aplaudir la iniciativa. ¿Que quieren correr? Que corran. ¿Que quieren adrenalina? Que corran delante de un bus. Y que las vacas, los toros, el alcalde y demás rumiantes se dediquen a pastar tranquilamente.

Me sirve, además, para entender cierto aspecto de una tradición que me es ajena por completo. Lo del periódico hecho un canuto que los corredores llevan en ristre. Siempre me ha fascinado las personas que se plantan delante de un animal de unos 600 kilos armados únicamente con la confianza en sus habilidades de runner y un churro de papel prensa. Para azuzar al toro, dicen. Entonces, ¿por qué en Torralba también lo hacen? ¿Por qué plantarse delante de una máquina de diez toneladas enarbolando un periódico? ¿Por pura imitación? ¿Para azuzar al autobús? No. Por fin lo he comprendido. Lo que quieren decir mientras se azotan con el periódico en la pierna, ya sea mientras corren delante de un toro o de un autobús, es «en este, en este... en este quiero que salga mi esquela».

Pero vaya, que me parece bien. ¿Quién puede sufrir en esta fiesta? Quizás se resienta el motor al meter mal una marcha, pero siempre será mejor que sufra el embrague y no un bragado. Puede que haya quien diga que es una manera estúpida de castigar al medio ambiente, que es un gasto innecesario de combustible. ¡Error! Porque, no os lo había dicho antes, pero van pasajeros en el autobús; la juventud corre delante del vehículo durante un trecho de su recorrido habitual. Los perjudicados serían, en todo caso, aquellos pasajeros cuya parada el conductor se salte a la torera.

Al alcalde le preguntan si es seguro todo este asunto. Asiente con seguridad y afirma que cuentan con la complicidad del chófer. Bravo. Estupendo. Maravilla. No sé si le hacen un test psicotécnico especial o se fían porque ya hay confianza. Al conductor, no al alcalde. A lo mejor hay alguno que ve la oportunidad de tomarse la revancha y, como un loco tras el volante, visualiza al cretino que no lleva nunca justo, a la amargada que nunca saluda, al imbécil que pega los chicles debajo del asiento... Templanza, Ermenegildo, que te pierdes, y de poco sirve un chófer que se pierde.

La cara amarga la protagoniza Mustafá, empleado desde hace años de la compañía, al que nunca permiten participar de la fiesta —como conductor— por culpa de su indumentaria. El resto del año que vista como quiera, pero ese día... O se cambia de ropa o no hay manera. Una persona con turbante conduciendo un autobús contra la gente puede dar lugar a confusiones.

También tiene aspectos positivos para los taurinos, que pueden camuflarse de ludistas y protestar, como los ingleses en el siglo XIX, por el imparable avance de las máquinas, que están dejando sin trabajo a mucho bovino inocente. Quizás el argumento más inteligente que este sector haya esgrimido nunca.

Aunque también me gustaría romper una lanza (la del Toro de la Vega, por ejemplo) en favor de los más conservadores. Y es que cosas como estas rompen con nuestras tradiciones, con nuestra cultura; rompen España, si me apuras. Se minan nuestras raíces, se desquebraja nuestra herencia y nuestro patrimonio; se acaba con la fiesta, se termina con el espectáculo (que lo llamen como quieran, pero que no lo llamen matrimonio, digo encierro). Se empobrece así nuestro legado cultural. Desconozco la historia de Torralba de Ribota, pero de donde yo vengo, una tierra rica en tradiciones, ha sido la gente, de toda la vida, la que ha corrido detrás del autobús.
 
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27/6/17

Problemas de hombre blanco

¿No te jode? Hijos de puta. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? A cuando es domingo y no tienes nada, y cuando digo nada quiero decir NADA, que comer en casa y es demasiado tarde para pedir algo a domicilio y aunque no lo fuera no tienes nada suelto con que pagar, así que abres todos los muebles de la cocina, rebuscas en la nevera, intentas no pensar en cómo te rugen las tripas y entonces, en ese preciso momento, cuando estás haciendo un terrible esfuerzo por no desfallecer y caer desmallado víctima de la inanición, a través del patio de luces, ascendiendo como solo un ángel podría elevarse a los cielos, entra ESE aroma, el olor de la cena que se están preparando tus vecinos, un olor tan delicioso que casi podría alimentarte, pero que por desgracia no lo hace. Joder, qué bien huele, y tú sin nada que llevarte a la boca. Por el amor de Dios, que cierren la ventana. Qué tortura. Qué suplicio. Qué martirio. Qué horror. ¡Qué hambre!

No aguantas más y te pones en plan proactivo y decides que ya es hora de poner solución a tus problemas. Sales de casa, bajas las escaleras y timbras en la puerta de tus vecinos. Sale uno de ellos, sonriente hijo de puta, también tú sonreirías si estuvieras a punto de degustar esa ambrosía divina, y le dices oye, perdona, no quiero molestar, pero me puedes dar una pizca de sal, como si tú, pobre mortal, también estuvieras cocinando algo más que tus propios jugos gástricos en su salsa. Vuelve al cabo de un instante con un paquete de sal, ya me lo devolverás, y tú le dejas caer lo bien que huele, mientras luchas por contenerte y no hincarte de hinojos para lamer las manchas de tomate de su mandil. Verdad que sí, te contesta, siempre sonriente, pero no capta la indirecta, o la capta pero no quiere compartir, el caso es que no te pregunta si quieres pasar a participar de su banquete o si te gustaría un pedacito de su festín para llevar, quizás, valiente cretino, porque al pedirle sal, llámale loco, él deduce que tú también te estás preparando la cena.

Vuelves a tu casa maldiciendo para tus adentros con el paquete de sal en la mano, pensando que en su lugar debiste haberle pedido el calcetín que hace meses que se te cayó en su tendal, así por lo menos tendrías algo que llevarte a la boca. Decides poner la televisión, a ver si con suerte echan alguna noticia del PP y se te quita el apetito. Pero en lugar de eso no paran de salir esos anuncios de niños famélicos y desnutridos, rodeados de miseria, llorando, y no puedes evitar sentirte tan identificado. Y entre los anuncios de niños hambrientos, prueba irrefutable de que detrás de la programación televisiva se encuentra algún desalmado hijo de Satanás, aparece el anuncio de una lasaña deliciosa, recién horneada, que hace que tu estómago se retuerza un poco más, y venga otro anuncio de niños llorando, sin un mísero pedazo de pan, con sus barrigas hinchadas, y el alma se te cae a los pies mientras en la pantalla aparece un número de teléfono, con una pequeña ayuda, con un pequeño gesto, un simple mensaje de texto, puedes salvar una vida, y estiras la mano hacia tu móvil y te das cuenta de que Domino's no cierra hasta las doce y se puede pagar con tarjeta. 

8/6/17

Fanatismo

Aterricé en Marrakech en una época especial, por decirlo de alguna manera, del año. La gente, durante este acontecimiento crucial en sus vidas, se comporta de un modo peculiar; es decir, más de lo habitual. Durante el día no tiene otra cosa en la cabeza, la gente está muy nerviosa e irascible y, al caer la noche, en las fechas señaladas, se reúnen en diferentes lugares para llevar a cabo sus diversos ritos y adorar a sus dioses y profetas. Se puede escuchar así extraños cánticos, himnos y gritos, desaforados en algunos casos. La práctica totalidad de la sociedad está pendiente de este acontecimiento y el que lo ignora lo hace con discreción por miedo a las terribles consecuencias que podría conllevar. El fanatismo se adueña por completo de la ciudad. Criticar este evento implica un altísimo riesgo y la violencia está a flor de piel. El momento álgido, sin embargo, no se hizo esperar; llegó el pitido final. El Madrid había ganado. La Champions había terminado. La normalidad volvía al planeta.

Respecto a haber visitado la ciudad marroquí en época de Ramadán: bien, sin problema. Dicen que la gente está más irritable que el resto del año, por aquello de pasarse el día sin comer y sin beber. No lo sé, era mi primera vez en el país así que no tengo datos para contrastarlo. Aunque sí que nos hemos llevado alguna mala contestación sin comerlo ni beberlo —tú-tú-pá— no me atrevería a achacarlo al ayuno, sino más bien al hecho contrastado de que en todas partes hay cretinos, independientemente de su religión y sus costumbres. Pero en general todo correcto, gente muy amable, amiga del regateo —no del de Cristiano, que también— y muy lista. Tan lista y tan amiga de regatear que hasta le escamotean tiempo al día, cambiando la hora para que la jornada sea más corta y que el iftar, su primera comida nocturna, llegue antes.

Por lo demás, aprendí algunas cosas: que tengo cara de español e italiano, de porrero y de idiota (aunque esto último ya lo sabía yo sin necesidad de salir de casa). No se explica de otro modo que constantemente me ofrecieran hachís por las calles y que me intentaran cobrar 210 dirhams, unos 21 euros, por unas bolsitas de especias. ¡Oro en polvo, chico!

Aprendí también que J. K. Rowling se inspiró en el Zoco de Marrakech, el mercado, para diseñar el castillo de Howarts. Se trata de un laberinto de estrechísimas callejuelas formado por tiendas y tenderetes en los que se venden los artículos más diversos y del que pensé que jamás saldría con vida. Orientarse allí es un honor reservado únicamente para los locales y puedes olvidarte de intentar usar un mapa; los cartógrafos no se atreven a recoger el entramado de sus calles. Puedes tratar de desandar lo andado pero ten cuidado por que, ¡ah, amigo! sus callejas se mueven a voluntad y corres el riesgo de terminar en la sala en la que Fluffy, el gigantesco perro de tres cabezas, custodia la piedra filosofal. Por suerte para el viajero desorientado, hay un millón de autóctonos dispuestos a ayudarte y que te asaltarán para ofrecerte sus servicios en cuanto te vean dudar un instante, consultar el mapa o, ingenuo de ti, levantar la vista esperando encontrar una placa con el nombre de la calle. Existen al parecer tres tipos de estos amables parroquianos: está el honrado, es decir, el que no da indicaciones pero te guía a tu destino a cambio de dinero; el que es un pelín menos honrado, es decir, el que jura y perjura que no tiene intención de cobrarte y que promete llevarte a tu destino pero que en realidad quiere llevarte al sitio en el que trabaja para que compres en su puesto o tienda; y, por último, el mayor hijo de la gran puta que haya visto el mismísímo Mahoma, que es el que se divierte dándote indicaciones falsas por el simple placer de verte perdido. Anonadado, desconfiado y al borde del llanto observas atónito como te indica que la plaza Jamaa el Fna, desde la que entraste hace 90 minutos y a la que quisieras volver, está en una dirección en la que sabes a ciencia cierta que es imposible que esté. ¿O no es imposible? ¿Es posible que se hayan vuelto a mover las calles? Cuando empiezas a dudar de ti mismo estás doblemente perdido...

¡Pero no todo está perdido, mi buen amigo! De vez en cuando, por obra y gracia de la buena voluntad del concello local, aparecen unos letreros, colgando del techo, con algunas indicaciones. Por ejemplo, Jamaa el Fna todo recto. ¡Aleluya! Saltas de alegría, abrazas a tu acompañante, besas a una señora que pasaba por allí. Echas a andar decidido. Todo recto, todo recto. ¡Por fin! Y, así, caminando todo recto por una calle serpenteante, terminas por estrellarte contra un muro. La calleja desemboca en otras dos calles, formando perfectos ángulos rectos, una hacia la derecha, otra hacia la izquierda. Empiezas a angustiarte de nuevo, quizás te salga un risita nerviosa. Oteas tímidamente en una dirección. Ninguna indicación más. Escudriñas en la otra. Ningún letrero. Comienzas a comprender por qué rezan cinco veces al día. La rectitud, en el mercado de Marrakech, está sujeta a la relatividad y tendrás que jugártela a cara cruz o a pito pito gorgorito y apostar por una dirección. El viajero ingenuo pensará que lo mejor sería avanzar un rato por una de las calles y, en caso de no llegar a su destino, volver sobre sus pasos y tomar la otra calle. Ja! You wish! «Volver sobre tus pasos» está, mon ami, sujeto, en este caso, a las leyes de la Energía de la Improbabilidad Infinita, descrita por Douglas Adams (otro célebre visitante del Zoco) en su Guía del autoestopista galáctico: «Es un maravilloso método para atravesar distancias interestelares en unos segundos sin perder el tiempo en el hiperespacio —el Zoco, en este caso—. Cuando el motor alcanza la Improbabilidad Infinita pasa por todos los puntos de cada universo concebible al mismo tiempo. Es decir, usted nunca sabe dónde va a terminar o de qué especie será cuando llegue, por eso es importante vestir apropiadamente».

El intrépido visitante vaga por las callejuelas soñando con pisar de nuevo la plaza, donde promete arrodillarse y besar el suelo si consigue llegar con vida, si es que antes no muere de insolación, sed o inanición, cae fruto de la enajenación o fenece atropellado por una de las dos millones de motos que circulan a toda velocidad por calles de no más de dos metros de ancho.

Es, en definitiva, más difícil salir del Zoco que de la droga, a la que con toda probabilidad el desquiciado viajero termine por recurrir para intentar olvidar la hora maldita en la que se internó en tamaño laberinto.

Vista de la puesta de sol desde la plaza Jamaa el Fna




11/1/17

Por los pelos

¿Qué le pasa a esa gente? Me refiero a esas personas que cuando llaman al ascensor mantienen pulsado el botón durante más tiempo del estrictamente necesario, algunas incluso hasta que las puertas se abren ante sus narices. Es como si pensaran que de esta manera el ascensor va a acudir más rápido, o como si temieran que alguien pudiera robárselo una vez ya pedido por ellos o, lo que es más inquietante, como si creyeran que pueden impedir que esto suceda simplemente por pulsar el botón hasta el fondo.

¡Cuántos incautos se habrán visto arrastrados hasta un piso al que no querían ir porque se cerró el ascensor con ellos dentro mientras pulsaban impotentes el botón de abrir las puertas sin saber que tú estabas ejerciendo todo tu poder sobre el aparato! Por no hablar del pobre diablo que entra en el portal y se dirige corriendo al ascensor para evitar que se le escape, con las puertas ya casi cerradas, y consigue meter un brazo para intentar retenerlo... Y tú, en tu planta, escuchas un grito desgarrador e instantes después se abre el ascensor ante ti con un brazo en el suelo, un brazo que me imagino dando saltos en un charco de sangre, como un pez fuera del agua, no sé muy bien por qué, y tú miras el brazo como con asco, como si el perro del inquilino del cuarto se hubiera vuelto a cagar, y bajas en el ascensor y sales por encima del cuerpo exangüe de tu vecino mientras piensas ahí te jodas, no haber intentado robarme el ascensor.

¿Y qué pasaría si dos personas en diferentes plantas pulsaran simultáneamente el botón de llamada con el firme propósito de perecer antes que soltar el pulsador y ceder el turno? Me pregunto si sucedería algo parecido a cuando Harry Potter y Voldemort lanzan un hechizo a la vez y sus varitas se unen en un chorro de luz la hostia de cuco (un Priori Incantatem de manual, vaya) pero todo lo que hacen es mirarse con muchísima intensidad y apretar con más fuerza sus varitas. Imagino que sería algo más parecido a cuando dos contrincantes lanzaban un Kame Hame Ha (Onda vital...xa! para los que no tengan un B1 en japonés) en el juego de Dragon Ball GT de la PlayStation y había que pulsar el triángulo muy rápido y seguido para vencer. Algo así.

En esto pensaba (en esto y en si estas son las mismas personas que pulsan muy fuerte y durante mucho tiempo el botón de parada de los autobuses, pero no me quiero meter en terrenos farragosos) mientras esperaba el ascensor en casa de mi hermana, es decir, en el portal del edificio de mi hermana, no es que ella tenga su propio ascensor privado, aunque eso tendría muchísimo estilo, para una comida familiar navideña.

En estas comidas, algunos miembros de mi familia, con toda la buena intención del mundo, me proponen a veces diversas alternativas laborales que pueden encajar más o menos con mi preparación o con mis inquietudes. Como si pensaran que actualizar una vez cada dos o tres meses este vuestro blog del espacio exterior no fuera suficiente para ganarse la vida. Hablando de los diversos gastos que se hacen en estas fiestas, salió el tema de lo que algunas personas pueden llegar a pagar por un peinado para, por ejemplo, fin de año. Y eso por no hablar de lo que puede invertir una novia en su cabellera para el día de su boda. La cosa estaba muy clara: alguna gente gasta mucho dinero en peluquería, hazte peluquero. Blanco y en vasija.

A veces, por darles el gusto, les sigo la corriente. Y la verdad es que bien pensado hasta a mí me empezó a parecer un buen negocio. Si hay gente dispuesta a pagar, como poco, 300 machacantes en una sesión de peluquería, con trabajar, qué se yo, cuatro días al mes, no hay que ser ambicioso, tendría la vida resuelta. Entonces, como si el plan no hubiera sido suyo originalmente, le empezaron a ver lagunas a la idea. No podría hacer tan pocos trabajos al mes porque con ese dinero no podría pagar el alquiler de una peluquería y, siendo así, ¿dónde iba a atender a mis clientes? Es más, ¿dónde iba a captar clientes?

¿En serio? ¿Ese es el único problemilla que le veis al plan? El principal escollo es dónde voy a hacerlo, no que no tenga ni idea de peluquería y que sea tan de fiar con unas tijeras cerca de tus orejas como un socorrista sin brazos (un socorrista sin brazos, se entiende, trabajando en una playa o en una piscina, no cerca de tus orejas, que como mucho podría mordértelas, pero no usar unas tijeras en tu contra). Ya veo a mi familia, el día que se me ocurra ponerme a operar a corazón abierto en plan autónomo (que puede pasar en cualquier momento), poniéndose muy seria y diciéndome "a ver dónde vas a hacer eso, que vas a dejar el salón hecho un asco".

Pero que vamos, si el único problema es ese, la captación de clientes, qué se yo, haré tarjetas, repartiré flyers, me anunciaré en internet, qué más da, voy a ser rico, puedo alquilar una valla publicitaria en medio de la Gran Vía. ¿Quién, en su sano juicio, no acudiría inmediatamente al anuncio de "córtate el pelo a un precio desorbitado con el peor peluquero del mundo en el salón de su casa"? Me parece una publicidad genial.

Y si el problema es mi técnica, lo único que tengo que hacer es ponerme a practicar. ¿No hay una teoría que afirma que todo lo que se necesita para ser un maestro en algo son 10.000 horas de práctica? Lo que necesito ahora son voluntarios-víctima con poco aprecio por su pelo. Quizás pueda obligar a mis vecinos a ser mis conejillos de Indias secuestrándolos apretando muy fuerte el botón del ascensor con ellos dentro.

Me voy a hacer de oro.

2/11/16

La pala

Me estaba preparando la cena cuando mis oídos captaron una frase proveniente de la tele, que alguien había dejado encendida en el salón: “hay dos tipos de amigo, los que cuando los llamas para decirles que has matado a alguien se llevan las manos a la cabeza y los que acuden corriendo con una pala”.

El autor de la frase, al que no llegué a ver, lo decía además con un tono que no me gustó nada, como con retintín. Que yo pensé, puestos a eso, hay dos tipos de amigos, los que matan a gente y los que no.

Pero lo cierto es que me hizo pensar y me quedé dándole vueltas al asunto. ¿Qué tipo de amigo soy yo? Joder, yo quiero ser el intrépido, el audaz, el que sale corriendo para ayudarte a deshacerte de un cadáver sin hacer preguntas. Pero también pensé que depende de qué tipo de amigo sea el que me llame, porque hay algunos que solo te llaman cuando les ha dejado la novia o cuando tienen que enterrar a un muerto.

Pero supongamos que es un amigo fiel, de los de toda la vida, de los de antes de Facebook, el que me llama y me dice: “oye, tío, que he matado a alguien”. ¿Qué tipo de persona soy yo? ¿El de las manos a la cabeza o el de la pala?

Yo quiero ser el segundo, el de la pala. Que cuando me llames lo deje todo y salga corriendo en tu ayuda. Lo primero, conseguir la pala. ¿Dónde compro una? En mi vida he comprado una pala. Voy al todo a cien de la esquina y entre tendales, libretas, trapos y barajas de cartas, encuentro palas. Pero algo me dice que esa pala con la cabeza de Hello Kitty en el mango puede que sea muy útil para hacer un castillo en la arena, pero no para hacer desaparecer un cadáver. ¡Una ferretería! Eso es lo que me hace falta, qué listo soy, joder. Vale, ¿dónde hay una? ¿Siguen existiendo? ¿No se hace todo ya por wifi?

Google Maps me dice que hay una cerca. En mi propio barrio. Qué cosas. Me quedo un poco sorprendido con todo lo que se vende en una ferretería. ¿De verdad que hay gente que usa todos estos cachivaches? ¡Céntrate! ¡La pala! Vale, sí, tienes razón. Encuentro la sección de las palas y ahora vienen los problemas. ¿La quiero plana o redonda? No puedo pedirle ayuda al tendero sin levantar sospechas... Mierda, nunca he sido muy bueno tomando decisiones. Yahoo Answers no me ayuda demasiado, la mayoría de los comentarios dicen que con la ayuda de Dios, que nos ama a todos, cualquiera de las dos palas servirá. Muy bien, escojo una gracias al pito, pito, colorito... ¿O era pinto, pinto, gorgorito? ¡Céntrate!

Llevo la pala a la caja y, como siempre, no llevo suelto. No se puede pagar con tarjeta. ¡Me cago en Satanás! Voy corriendo a un cajero a sacar pasta. ¿Tres euros de comisión? ¿Estamos locos? ¿En qué tipo de país vivimos que permitimos con tamaña pasividad que los bancos nos roben de esta manera? ¿Es que no tuvimos bastante con las preferentes? Me niego. Saco la tarjeta y voy en busca de otro cajero. ¡Oye, que tu amigo te espera, no seas rata! No es el por el dinero, ¡es por principios! Pero tienes razón, lo primero es lo primero. Vuelvo al cajero y el cajero se me traga la tarjeta. Porque sí, por joder. Porque soy el tipo de persona al que le pasan estas cosas. Porque cuando más prisa tengo por enviar un documento, se me jode el wifi; porque cuando más apurado estoy por acabar un vídeo, se me jode el ordenador. Es La ley de Murphy 2.0, seguramente una suerte de castigo cósmico por dejarlo todo siempre para última hora. Así que si tienes pensado matar a alguien, llámame con tiempo para que me organice.

Finalmente vuelvo a casa y rebusco en los cajones, debajo de los cojines y en los bolsillos de chaquetas y pantalones hasta que reúno el dinero suficiente para la pala. Cuando vuelvo, la ferretería ya está cerrada. Tendré que volver al día siguiente, porque vaya mierda de amigo de la pala sería si apareciera sin la puta pala.

El caso es que, tarde o temprano, más tarde que temprano, los que me conocéis ya os hacéis a una idea, aparezco con la pala, te lo prometo. Cuando llego te encuentro al lado del cadáver de brazos cruzados y me pregunto qué coño has estado haciendo tú todo este tiempo mientras yo corría de un lado para otro, pero no es momento de reproches, ya bastantes explicaciones tendrás que darle a tu cura el próximo domingo. Me pongo a cavar como un descosido y, estaba claro, me da un ataque de asma. Porque resulta que mi asma, que llevaba una década sin dar señales de vida, se ha vuelto a manifestar, con bastante insistencia, desde la semana pasada. Y te juro que no es una excusa barata, que tengo testigos. Pero la tos no me da tregua y el polvo que se ha levantado al cavar no ayuda. Con los ojos rojos y llorosos, y tosiendo como un tuberculoso, me vas a tener que llevar a una farmacia si no quieres enterrar dos cadáveres en vez de uno.

Saliendo de la farmacia, tosiendo como un loco yo, mientras chupo del inhalador, y cubiertos de polvo y barro los dos, y seguramente tú de sangre también, pronto llamaríamos la atención de la policía.

Así que, en resumen, no sé si te compensa llamarme para esta clase de problemas. Lo que me lleva a pensar que hay dos tipos de personas, los que cuando matan a alguien llaman a su amigo con asma para cavar un hoyo y los que se libran de la cárcel. ¿Cuál quieres ser tú?