19/9/18

Año nuevo, misma vida

Y digo yo, ¿por qué muchas veces cuando alguien hace un monólogo lo termina diciendo algo así como «muchas gracias, habéis sido un público maravilloso»?

Me refiero, claro, a esos monólogos en teatros, especialmente los televisados. Entiendo que si actúas en un bar de carretera, o para la mafia o cualquier otra compañía telefónica, tu vida pueda llegar a correr peligro si no cumples los estándares de calidad y que por ello al final de tu actuación quieras dar gracias al respetable por no haberte acuchillado. Pero en los demás casos...

Esto es algo que no pasa en otros aspectos de la vida. No me imagino a nadie yendo a la charcutería y que le digan tome, aquí tiene su pedido, ha sido un consumidor estupendo; o cuando te arreglan un grifo: gracias, ha sido un cliente de primera.

La única situación similar que se me ocurre es cuando en nuestra más tierna infancia íbamos al médico y después de examinarnos nos decían muy bien, has sido muy valiente, te has portado estupendamente, eres una niña muy buena. Lo recordarás porque instantes después te daban el palo ese que te habían metido hasta el fondo de la garganta para que te lo llevaras de regalo. Me pregunto si lo siguen haciendo. ¿Examinar con un palo a los enfermos o regalárselo después? Las dos cosas. Hola, siglo XXI.

Agradecer a la audiencia por el simple hecho de estar ahí es algo que solo se ve en espectáculos, es algo muy televisivo, como lo es también la figura de ese policía que coge las cosas en los escenarios de los crímenes con el extremo de un bolígrafo. ¿En qué piensa cuando hace eso? Podría ponerme unos guantes y coger las cosas como las personas, pero en vez de eso usaré este boli para levantar cualquier objeto: una pistola, una prenda ensangrentada, un condón usado... Que luego yo me los imagino en casa sentados en el sofá resolviendo un crucigrama, llevándose a la boca el mismo bolígrafo con el que horas antes hurgaban en el agujero de bala de un cadáver putrefacto. «Mmmmm... Seis letras, impresión desagradable causada por algo que repugna...», mientras chuperretean el boli. ASCAZO. ¿Papá, me dejas el bolígrafo para terminar los deberes? Sí, claro, pero no te metas el dedo en la nariz, eso es una GUARRADA. Muy bien.

Que te digan que has sido un buen público me parece algo insultante. ¿Qué esperaban? ¿Que le tirara del pelo a la persona de delante? ¿Que me pusiera a llorar? ¿Que me meara encima? Es como si estuvieran diciendo «sé que eres gilipollas, pero gracias por contenerte este ratito».

Este es el tipo de cosas que se me pasan por la cabeza. Me olvido del monólogo y me centro en la despedida, o no veo una escena familiar entre un policía y su prole, quizás el momento que la película emplea para humanizar al arisco miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado antes de ser acribillado a tiros por el malo malísimo, solamente veo la grima que me produce ese bolígrafo asqueroso. Y así me pasa constantemente.

Sin ir más lejos, el otro día vino a visitarme un amigo al que hacía tiempo que no veía. Me recogió en mi casa con su coche y se suponía que teníamos que ir hasta la casa de otro amigo que vive en la otra punta de la ciudad. Personalmente, sé que podría desempeñar muchos y muy variados oficios, pero taxista no es uno de ellos. Intenté guiarme con mi móvil, pero mi teléfono y yo tenemos una relación complicada y hay ciertos gadgets tecnológicos que no le da la gana de que use. Tras pasar dos o tres veces por el mismo sitio, mi amigo me dijo que lo intentara con el suyo. Así que ahí estoy intentando guiarnos con su teléfono mientras me va poniendo al día de su vida. Si normalmente ya me resulta difícil centrarme en una conversación si hay demasiados estímulos a mi alrededor, es todavía peor si tengo que ir siguiendo y transmitiendo instrucciones de un GPS. El caso es que en un momento dado me cuenta que por primera vez hizo sexting. Para aquellas personas que no sepan qué es eso: es la manera elegante de decir que se estuvo enviando mensajes guarros con otra persona mientras abusaba de sí mismo. Una actividad cada vez más extendida y en la que también hay clases. El común de los mortales sextean de uno en uno, mientras que las personas en las altas esferas con un solo mensaje nos follan a todos (Nota: esto lo escribí cuando estaba en auge todo el temita de Rajoy y los sms, pero a quién le importa ya eso, ¿verdad?).

Y me lo cuenta sin más y pasa a otra cosa. Como quien dice «ayer probé el hummus del Mercadona y ni tan mal». Así que ahí estamos dando vueltas en una rotonda mientras me cuenta que sus padres han tenido un accidente, que está atravesando una ruptura amorosa y lo estresado que está por el máster que está estudiando, que me parece extraño que se estrese por un máster pero pueda dar vueltas y vueltas a una rotonda mientras me cuenta su vida, y yo tengo que seguir el hilo de la conversación y decidir qué salida de la rotonda tomar escrutando el móvil de mi amigo entre mis manos, y todas las salidas me parecen la misma, la que ya habíamos tomado dos o tres veces antes, y lo único en lo que puedo pensar es en que por favor, que durante el sexting no haya alternado las manos.

Así soy yo, no hay más. Todos los problemas por los que mi amigo atraviesa y yo pensando joder, que no haya tocado su pito y el móvil con la misma mano. Que no es que me dé asco ni mi colega ni su pene, pero preferiría que mi mano no entrase en contacto con él (con el pene, no con mi amigo). Mientras trataba de calcular lo que yo llamo el grado del asco, o sea, la cercanía con la que habría tocado su miembro, es decir, primer grado si se lo sujeto directamente; segundo grado, si toco su mano después de que él lo haya tocado; tercer grado, si toco el móvil después de que él lo haya tocado con la mano con la que se tocó el pene, etc, intento localizar con la vista algún objeto afilado con el que cortarme mi propia mano y lanzarla por la ventanilla; con un poco de suerte quizás caiga en el asfalto señalando la maldita salida de la rotonda antes de que alguno de los dos vomite con tanta vuelta, porque con el mareo que llevo encima no estoy preparado para hacer el cálculo del grado del asco con los restos de la digestión de mi colega.

Pero no siempre soy así. A veces me pongo serio y pienso en cosas trascendentales. Ayer, por ejemplo, en la comida familiar tenía sentada a un lado a mi abuela y, al otro, a mi hermana embarazada. Detrás de mí tenía una pared. Enfrente, la mesa, obviamente. Y se me da por pensar que en el improbable caso de que hubiera un incendio, Dios no lo quiera, toco madera, me tiro la sal por encima del hombro, tendría que tomar una decisión. Es algo jodido, pero es así, nadie dijo que la vida fuera fácil. Es un momento de tensión: a un lado mi hermana embarazada y al otro mi abuela, pasado, presente y futuro de mi familia, y yo tendría que elegir. Se declara un incendio, ¿qué hago? Es una elección complicada... Las dos tienen dificultades para moverse con rapidez, así que... ¿Salto por encima de la mesa o paso por debajo en mi carrera hacia la puerta apartando y/o pisoteando a todo bicho viviente que se ponga en mi camino?

Esto es lo que hay, amigas y amigos del Espacio Exterior, y no tengo intención de cambiar. Ningún propósito de año nuevo; ni apuntarme al gimnasio, ni dietas, ni mandangas, así soy y así quiero morir. Muchas gracias por leer hasta aquí, habéis sido un público maravilloso.

3/12/17

Breve reflexión para un domingo por la tarde

Después de haberlo visto tantas veces en el cine, por fin me he dado cuenta de que los americanos (y al parecer otros muchos países con una cinematografía menos patriótica), en los funerales de estado, doblan la bandera, después de retirarla de encima del ataúd para entregársela a su viuda/o, del mismo modo en que mi abuela dobla las bolsas del súper. 



4/10/17

Menos es MásMóvil

Una de las cosas que más grima me produce de mudarme es contratar internet en casa. Me da una pereza hiperbólica navegar entre las ofertas de las diversas compañías hasta encontrar la menos pirata de todas. Están compañías como R, Orange o Movistar, que te encandilan con ofertas considerables durante los tres primeros meses, especialmente si unificas Wi-Fi, televisión, teléfono fijo y teléfono móvil, el tuyo y el de tu padre, seguido de una inflación digna de las peores crisis del petróleo. Tras el silencio incómodo que se produce cuando afirmas que tele no tengo, teléfono fijo no me interesa y de móvil ya estoy bien, gracias, te ofrecen con mal disimulada displicencia una tarifa que, oiga, no está nada mal, hasta que sigues con la vista el recorrido invisible que une el asterisco que acompaña al precio con el que encabeza la letra pequeña y descubres algo maravilloso llamado cuota de línea, o cómo duplicarte el precio con dos sustantivos y una preposición.

Finalmente llegan a mis oídos las virtudes de MásMóvil que, francamente, no pinta nada mal. Introduzco mi número y pulso con el dedo en la pantalla de mi móvil el botón de "llamadme gratis". Instantes después una voz femenina me saluda con un cordial "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?". Me explica las condiciones, el precio (que, según dijo, es "para siempre", más un único gasto de diez euros por el envío del módem) y la permanencia (de 8 meses pero, y cito literalmente, "como si no la tuviera", porque si te das de baja antes solo tienes que pagar lo correspondiente a un mes). Le digo que me parece todo allright y ella me pregunta si soy yo el que toma las decisiones en casa. Una pregunta complicada. Le digo que tengo que consultarlo y ella se ofrece a llamarme en un rato. Decidimos que venga, al lío, MásMóvil sea. Me llama de nuevo y empezamos el proceso de contratación. Me faltan datos. Dice que no hay problema, que me llama luego. Y así sucesivas veces. Me ha llamado esta señora más veces en un día que mi madre en el último mes. Conseguimos finalizar el proceso y me asegura que en breves me llegaría el módem y un técnico se pondría en contacto conmigo para la instalación. Perfecto, oiga.

Dos días después un mensajero nos trae a la puerta de casa el módem. Del técnico no hemos tenido noticias, ni se esperan. Los días pasaron y empecé a ponerme nervioso, así que decidí ponerme en contacto de nuevo con MásMóvil. Y ahí empiezan las risas. Introduzco mi número de nuevo y pulso "llamadme gratis". Instantes después otra voz me repite aquello de "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?". Le explico que yo ya tengo un servicio contratado pero que necesito hacer una consulta. Me contesta que ese no es el teléfono correcto para dudas y consultas y me indica dónde hacerlo. Cuelgo, marco (un número no gratuito, por cierto) y, vaya, qué casualidad, ahora que mi llamada no está motivada por la contratación de un producto ya no soy digno de que ser atendido por un ser humano, sino que me recibe la fría y calculadora voz de un robot dándome diversas opciones. La primera es en qué idioma quiero ser atendido; para ser atendido en español, marque uno. Dejo que siga hablando, por curiosidad, y cuando llega al suajili decido marcar el número uno sorprendido con la cantidad de lenguas que domina esta gente de MásMóvil (salvo, curiosamente, gallego, catalán y euskera). Una voz, robótica también, me pregunta "¿Cuál es el su número de teléfono móvil MásMóvil, dígito a dígito?". Silencio. No tengo número de móvil MásMóvil, solo he contratado Internet, y se supone que me han asociado un teléfono fijo, porque te dan uno quieras o no quieras, pero tampoco lo sé porque nadie se ha molestado en decírmelo (y no tengo línea en casa por lo que ni siquiera puedo llamarme para averiguarlo). "No he entendido, ¿puede repetir?", inquiere la voz. Cuelgo desconcertado.

No me desanimo. Busco en la página de MásMóvil y encuentro otro teléfono de supuesta atención al cliente. Una voz robótica me indica que si soy una empresa marque uno, si soy un particular, marque dos. Elijo la segunda opción y, para continuar, se me solicita que introduzca mi número de teléfono fijo MásMóvil. Del desconcierto paso al ligero mosqueo. Vamos a ver... Que no lo sé, que no me lo han dicho, que me dejéis hablar con alguien. "No he entendido, ¿puede repetir?". Uy, qué música, vamos a llevarnos bien Mr. Robot...

El que sigue, la consigue (dicen), así que busco y encuentro otro número de "atención al cliente" (por llamarlo de alguna manera). Marco mientras me pregunto qué tipo de casa de locos tiene tantos teléfonos diferentes de contacto para el consumidor. Una voz, robótica, por supuesto, me informa de que si quiero escuchar la oferta comercial haga el favor de marcar uno y que si, por el contrario, ya soy cliente de MásMóvil y deseo alguna información sobre mi factura, hacer una reclamación o hacer otra consulta, marque dos. Esta es la mía, pienso mientras pulso dos lleno de renovado entusiasmo. "Si ya es cliente de MásMóvil y quiere información sobre su factura, hacer una reclamación o hacer otra consulta, llame al 23*ruidoindescifrable*3. Gracias." Y cuelga sin más ceremonias. Vamos a ver, que no me quiero cabrear. ¿Por qué no me comunican ya desde ahí? ¿Qué quieren de mí? Marco el número que creí entender y mi teléfono me informa de que no hay ningún cliente asociado a ese número. Mecagoensatanás... Llamo de nuevo a MásMóvil. "Si quiere escuchar la oferta comercial marque uno, si ya es cliente de Más Móvil y quiere..." Etc, marco dos. Que digo yo que podían decir directamente el número sin hacerme marcar el dos para luego repetirme la frasecita y mandarme a la mierda. Marco dos. Me repite la puñetera frase y el teléfono. Ahora sí. Lo tengo. "Gracias." A ti. Marco el número de cuatro dígitos que me ha dicho. Mi teléfono me informa de que el número marcado no existe. Estamos de cachondeo. A estas alturas creo que sería más sencillo contactar con alguna persona, un sentimiento con seres humanos, mediante güija que por teléfono. "Si desea maldecir a todo el departamento de atención al cliente, marque 666."

Decido que a la mierda todo, que me van a oír quieran o no. Introduzco mi número y pulso el botón de "llamadme gratis". Enseguida me llama una voz humana (¡Por fin! Estaba a un paso de pintarle una cara a una pelota de vóley y ponerme a hablar con ella): "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?" Mire, yo es que ya soy cliente. De Internet. Tengo el módem y todo aquí en casa. Pero es que no sé cuándo van a venir a hacer la instalación, si es que van a venir, y no consigo hablar con nadie. Que no es por meter prisa, que me da igual si viene hoy, mañana o dentro de un mes. Es por saber si le espero o ya desespero del todo. Ya sé que este es el servicio de altas, pero mire a ver si usted, por favor, pudiera comunicarme con alguien. "Lo siento, pero es que este es otro departamento y no puedo comunicarle con nadie". Pues me va a permitir que le diga que para ser una empresa de comunicaciones, se comunican fatal. "Ya, bueno..." ¿Quién es el perturbado desquiciado y kafkiano que diseñó la arquitectura de comunicaciones de esta empresa? Me encantaría conocerlo. "..." Vamos a ver, es que para atenderme me piden mi número de teléfono MásMóvil para pasar la primera barrera, pero es que móvil no tengo y el fijo no me lo ha dicho nadie. "Ya, entiendo..." Entonces no tengo manera de hablar con nadie para saber cuándo va a venir el técnico para instalarme un servicio que ya tengo contratado. "Entiendo, pero es que yo no puedo hacer nada." Entonces lo que voy a hacer es devolver las facturas, de momento imagino que solo tengo la del módem, porque no voy a pagar por un servicio que no tengo. "Tiene usted razón." Pero... Oiga, quiero decir... Que me doy de baja, eh. Que pongo una reclamación en consumo y devuelvo cualquier factura que me llegue. "Lo entiendo, es lo que debería hacer..."

No te jode, claro que lo entiende. Y le da igual, ¡vaya si le da igual! (A mí también me daría igual todo si trabajara para una empresa sacada de El proceso.) Mi amenaza se la trae al pairo porque sabe que no hay manera humana de darse de baja porque los empleados de MásMóvil solo están programados para dar de altas, único departamento que realmente existe en esta empresa de perturbados. Por eso, cuando di de alta el servicio me dijeron que el precio era de por vida, porque moriré sin darme de baja (¡porque jamás podré hablar con nadie!) y sin que me proporcionen el servicio.

Pues nada, gracias eh, hasta luego. "Gracias por su llamada, ¿puedo ayudarle con algo más?" ¿Estás de broma?
Decido que soy muy joven para que me de un infarto así que salgo a dar una paseo y, de paso, a comprar las entradas de un festival de cine que empieza en los próximos días. Saludo a la taquillera, hola buenas tardes cómo está, y le pido que, si es tan amable, me dé dos abonos para el festival de cine, por favor y gracias. Ya me pone cara rara, mal empezamos. "Mira, es que los abonos los tengo aquí —dice señalándolos—, pero es que aun no puedo venderlos... ¿Te importa volver dentro de un rato?"

Faltaría más, ¿para qué está mi tiempo sino es para perderlo lidiando con agentes al servicio de la burocracia kamikaze? Vuelvo en un rato y cuando me ve llegar pone cara de no te va a gustar lo que te voy a decir. "Lo siento, aun no puedo venderlos..." ¿Qué quieres decir con que no puedes? ¿No puedes físicamente? ¿Te están apuntando con un arma? ¿Qué necesitas para poder venderlos? "Yo que tú volvería más tarde... O mañana." Vuelva ya si eso cuando sea, por @marianojosédelarra, romántico 2.0. "Pero mira, puedes comprar las entradas por internet..." Me explota la cabeza. No sé si tratar de explicarle que no tengo internet, pero que de verdad, te lo juro, estoy luchando por tenerlo, o si intentar comprender cómo, teniéndolas físicamente en la mano, que las estoy viendo, las blande mientras me dice que no puede proporcionármelas, puede vender las entradas online pero no aceptar mi sucio dinero directamente de mi mano. Mi cerebro intenta hacer las dos cosas a la vez, colapso, y me voy farfullando y gesticulando con los brazos mientras me empiezan a salir espumarajos por la boca.

De camino a casa se me abre algún chacra y decido llamar a uno de los múltiples números de MásMóvil y teclear, cuando me lo soliciten, un teléfono al azar, a ver qué pasa. ¡Bingo! Paso la primera barrera. Me piden el DNI. ¡Esa me la sé! Lo introduzco, dígito a dígito, tal como me indican (no sé de qué otra manera podría hacerlo), y la voz robótica me informa de que en breves me atenderá alguien. Lanzo al móvil al aire, lo agarro, doy un voltereta y ejecuto la danza húngara de la alegría al borde del llanto. La misma voz robótica me informa de que el tiempo de espera para hablar con un agente es de tres a cinco minutos y le da al play a una cancioncita muy bailonga. Después de esta travesía por el desierto.... ¿Cinco minutos? Me da la risa. Bailo al son de la cancioncita hasta que termina y vuelve a empezar. Y vuelve a terminar. Y se me pone un rictus nervioso en la cara. "No se retire, en breves momentos..." No me vaciles, sobre todo no me vaciles. Suena de nuevo la canción mientras los dedos de mi mano pierden el color por la fuerza con la que estoy apretando el teléfono. Se acaba de nuevo la canción. "El tiempo de espera en estos momentos es mayor a cinco minutos —informa Mr. Robot—, le aconsejamos que llame en otro momento..." Vete a la mierda. Al mismísimo guano. Que te den por saco a ti y a toda tu estirpe de voces robóticas y desalmadas. Te deseo todas las plagas bíblicas, que te corroa la herrumbre, que el óxido pudra tus dientes metálicos y jamás puedas volver a decir su llamada es muy importante, le atenderemos en breves momentos, no se retire. Vete al infierno robot.

Pensarás que, como estás leyendo esto en internet, habré ganado de alguna manera la batalla. Pues no. He perdido. La burocracia kafkiana y kamikaze ha podido conmigo. Me comunico desde la biblioteca pública más cercana, mientras el módem MásMóvil se descojona de mí en el salón de mi casa. Delante de mí, en mi teléfono móvil, mi número parpadea en la pantalla y mi dedo planea sobre el botón de "llamadme gratis". Pienso que quizás, cuando escuche la voz diciéndome "Departamento de altas de MásMóvil, ¿qué servicio desea contratar?", podría intentar contratar de nuevo Internet. Tal vez ocurra una de estas dos cosas: o bien se darán cuenta de que ya tengo contratado el servicio y me dirán oiga, que usted ya tiene internet y yo gritaré como un loco ESO LO DIRÁ USTED (lo que no servirá de nada más que para darme el gusto); o bien empezaré una colección, un museo, una galería, la primera y única gran sala de exhibiciones de módems de MásMóvil. Hagan sus apuestas.


PD: en cuanto puse punto y final a esta entrada, en ese mismo instante, me llegó este mensaje de texto. Me desorino.

30/8/17

Sin Frenines

—Oiga, esto es una encerrona.

Al autobusero no le hace ni puta gracia el asunto. Cuando le dijeron que fuera al despacho del jefe, que tenía una sorpresa para él, no sospechaba que a su alrededor se había gestado un complot para elegirlo como conductor designado. Y no es que se le encomendara la tarea de mantenerse abstemio durante la cena de empresa; ojalá. Había sido seleccionado para conducir el autobús que cada año substituye en las fiestas patronales de Torralba de Ribota a los toros y a las vaquillas.

—Oiga, esto es una encerrona— repitió molesto.
—Casi —contestó su superior—, ¡es un encierro!

Esto es completamente verídico (quizás no la escena que acabo de describir). Un grupo de jóvenes se reúne en una carretera y entona el canto en honor a su patrón. A continuación se escucha el chupinazo, la banda empieza a tocar y la gente echa a correr con el periódico enrollado en la mano. Pero no estamos en Pamplona, sino en Torralba, en algún lugar de Calatayud, y la gente no huye de una manada de toros, sino de un autobús.

Superada la perplejidad que supone el impacto de estas imágenes en mis retinas, no puedo hacer más que aplaudir la iniciativa. ¿Que quieren correr? Que corran. ¿Que quieren adrenalina? Que corran delante de un bus. Y que las vacas, los toros, el alcalde y demás rumiantes se dediquen a pastar tranquilamente.

Me sirve, además, para entender cierto aspecto de una tradición que me es ajena por completo. Lo del periódico hecho un canuto que los corredores llevan en ristre. Siempre me ha fascinado las personas que se plantan delante de un animal de unos 600 kilos armados únicamente con la confianza en sus habilidades de runner y un churro de papel prensa. Para azuzar al toro, dicen. Entonces, ¿por qué en Torralba también lo hacen? ¿Por qué plantarse delante de una máquina de diez toneladas enarbolando un periódico? ¿Por pura imitación? ¿Para azuzar al autobús? No. Por fin lo he comprendido. Lo que quieren decir mientras se azotan con el periódico en la pierna, ya sea mientras corren delante de un toro o de un autobús, es «en este, en este... en este quiero que salga mi esquela».

Pero vaya, que me parece bien. ¿Quién puede sufrir en esta fiesta? Quizás se resienta el motor al meter mal una marcha, pero siempre será mejor que sufra el embrague y no un bragado. Puede que haya quien diga que es una manera estúpida de castigar al medio ambiente, que es un gasto innecesario de combustible. ¡Error! Porque, no os lo había dicho antes, pero van pasajeros en el autobús; la juventud corre delante del vehículo durante un trecho de su recorrido habitual. Los perjudicados serían, en todo caso, aquellos pasajeros cuya parada el conductor se salte a la torera.

Al alcalde le preguntan si es seguro todo este asunto. Asiente con seguridad y afirma que cuentan con la complicidad del chófer. Bravo. Estupendo. Maravilla. No sé si le hacen un test psicotécnico especial o se fían porque ya hay confianza. Al conductor, no al alcalde. A lo mejor hay alguno que ve la oportunidad de tomarse la revancha y, como un loco tras el volante, visualiza al cretino que no lleva nunca justo, a la amargada que nunca saluda, al imbécil que pega los chicles debajo del asiento... Templanza, Ermenegildo, que te pierdes, y de poco sirve un chófer que se pierde.

La cara amarga la protagoniza Mustafá, empleado desde hace años de la compañía, al que nunca permiten participar de la fiesta —como conductor— por culpa de su indumentaria. El resto del año que vista como quiera, pero ese día... O se cambia de ropa o no hay manera. Una persona con turbante conduciendo un autobús contra la gente puede dar lugar a confusiones.

También tiene aspectos positivos para los taurinos, que pueden camuflarse de ludistas y protestar, como los ingleses en el siglo XIX, por el imparable avance de las máquinas, que están dejando sin trabajo a mucho bovino inocente. Quizás el argumento más inteligente que este sector haya esgrimido nunca.

Aunque también me gustaría romper una lanza (la del Toro de la Vega, por ejemplo) en favor de los más conservadores. Y es que cosas como estas rompen con nuestras tradiciones, con nuestra cultura; rompen España, si me apuras. Se minan nuestras raíces, se desquebraja nuestra herencia y nuestro patrimonio; se acaba con la fiesta, se termina con el espectáculo (que lo llamen como quieran, pero que no lo llamen matrimonio, digo encierro). Se empobrece así nuestro legado cultural. Desconozco la historia de Torralba de Ribota, pero de donde yo vengo, una tierra rica en tradiciones, ha sido la gente, de toda la vida, la que ha corrido detrás del autobús.
 
 

27/6/17

Problemas de hombre blanco

¿No te jode? Hijos de puta. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? A cuando es domingo y no tienes nada, y cuando digo nada quiero decir NADA, que comer en casa y es demasiado tarde para pedir algo a domicilio y aunque no lo fuera no tienes nada suelto con que pagar, así que abres todos los muebles de la cocina, rebuscas en la nevera, intentas no pensar en cómo te rugen las tripas y entonces, en ese preciso momento, cuando estás haciendo un terrible esfuerzo por no desfallecer y caer desmallado víctima de la inanición, a través del patio de luces, ascendiendo como solo un ángel podría elevarse a los cielos, entra ESE aroma, el olor de la cena que se están preparando tus vecinos, un olor tan delicioso que casi podría alimentarte, pero que por desgracia no lo hace. Joder, qué bien huele, y tú sin nada que llevarte a la boca. Por el amor de Dios, que cierren la ventana. Qué tortura. Qué suplicio. Qué martirio. Qué horror. ¡Qué hambre!

No aguantas más y te pones en plan proactivo y decides que ya es hora de poner solución a tus problemas. Sales de casa, bajas las escaleras y timbras en la puerta de tus vecinos. Sale uno de ellos, sonriente hijo de puta, también tú sonreirías si estuvieras a punto de degustar esa ambrosía divina, y le dices oye, perdona, no quiero molestar, pero me puedes dar una pizca de sal, como si tú, pobre mortal, también estuvieras cocinando algo más que tus propios jugos gástricos en su salsa. Vuelve al cabo de un instante con un paquete de sal, ya me lo devolverás, y tú le dejas caer lo bien que huele, mientras luchas por contenerte y no hincarte de hinojos para lamer las manchas de tomate de su mandil. Verdad que sí, te contesta, siempre sonriente, pero no capta la indirecta, o la capta pero no quiere compartir, el caso es que no te pregunta si quieres pasar a participar de su banquete o si te gustaría un pedacito de su festín para llevar, quizás, valiente cretino, porque al pedirle sal, llámale loco, él deduce que tú también te estás preparando la cena.

Vuelves a tu casa maldiciendo para tus adentros con el paquete de sal en la mano, pensando que en su lugar debiste haberle pedido el calcetín que hace meses que se te cayó en su tendal, así por lo menos tendrías algo que llevarte a la boca. Decides poner la televisión, a ver si con suerte echan alguna noticia del PP y se te quita el apetito. Pero en lugar de eso no paran de salir esos anuncios de niños famélicos y desnutridos, rodeados de miseria, llorando, y no puedes evitar sentirte tan identificado. Y entre los anuncios de niños hambrientos, prueba irrefutable de que detrás de la programación televisiva se encuentra algún desalmado hijo de Satanás, aparece el anuncio de una lasaña deliciosa, recién horneada, que hace que tu estómago se retuerza un poco más, y venga otro anuncio de niños llorando, sin un mísero pedazo de pan, con sus barrigas hinchadas, y el alma se te cae a los pies mientras en la pantalla aparece un número de teléfono, con una pequeña ayuda, con un pequeño gesto, un simple mensaje de texto, puedes salvar una vida, y estiras la mano hacia tu móvil y te das cuenta de que Domino's no cierra hasta las doce y se puede pagar con tarjeta.