7/8/19

No sin mis chaskis

En el tren, unos asientos más allá de donde estoy sentado, una niña va hablando con su padre. El hombre es de mediana edad y ella es una rapaza pequeña. No sabría precisar su edad, no soy un gran fisonomista. Es lo que tú y yo llamaríamos una niña; lo que un obispo consideraría una oportunidad*. Alguien llega y les dicen que están ocupando sus asientos y les hacen levantarse. El vagón está prácticamente vacío. Deseo con todas mis fuerzas que caiga un rayo sobre esos asientos, a ser posible cuando yo ya me haya bajado del tren. Tengo mala hostia pero no me gustan las vísceras humeantes. El padre y la niña se levantan resignados. La chica, en el último momento, y como acto de resistencia, grita: «¡Pero me llevo mis chaskis!». Me parece una frase genial. Debería pasar a la historia junto a otras citas inolvidables como «a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre», «siempre nos quedará París» o «es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde».

Más adelante, se escucha por megafonía la voz que anuncia la próxima parada en diferentes idiomas. Cuando acaba, el padre le pregunta a la hija a ver qué ha dicho la voz en inglés. La niña empieza: «Señoras y señores...». El padre la interrumpe. «No, estás diciendo lo que ha dicho en castellano». 

NIÑA: ¡Ah! Quieres que lo diga en inglés. Ladies and gentlemen… 
PADRE: No. Quiero que digas lo que dijo la voz en inglés, pero en castellano.
NIÑA: Vale. Señoras y señores, próxima parada…
PADRE: No. Eso es lo que dijo en castellano.
NIÑA: Pero…
PADRE: Déjalo.
NIÑA: Pero…
PADRE: No importa.

¡Qué ganas de agarrarlo por las solapas de la camisa y gritarle pero qué quieres de ella! ¡Déjala vivir! Busco en mis bolsillos a ver si tengo monedas suficientes para comprarle a la niña un kilo de chaskis para que se le haga más llevadero el viaje. Luego nos preguntamos por qué los niños empiezan a consumir drogas cada vez a edades más tempranas.

Llega mi parada. Me levanto, enfilo el pasillo y, cuando ya me estoy alejando, escucho al padre decir: «¿Me vas a echar de menos? ¿Me vas a llamar?». A lo que la niña contesta simple, seca y llanamente: «No tengo teléfono».

Dios aprieta pero no ahoga.




Ya sé que este un chiste fácil, un comentario muy generalizador. No todos los obispos se sienten atraídos por niñas pequeñas. Muchos prefieren niños.

9/7/19

Usos y costumbres de un joven escolar

Había un chaval en mi clase en el colegio que, en los recreos, después de comer lo que hubiera llevado para tomar a media mañana, el bocata, el Bollycao o lo que fuera que tocara ese día, el chaval, digo, tenía por costumbre, al terminar, limpiarse la boca… con el calzoncillo. Llevaba calzoncillos ajustados, de esos tipo bóxer, y el tío los sacaba por debajo de la cintura del pantalón y tiraba de ellos hacia arriba mientras contorsionaba el cuello y la cabeza hacia abajo hasta poder limpiarse la boca con la parte superior de la prenda íntima. Y lo hacía en cada recreo. Hasta que un día no aguanté más la curiosidad y le pregunté por qué lo hacía. Me contestó como si fuera la cosa más obvia del mundo. Dijo que lo hacía así porque no le gustaba dejar la marca de la boca al limpiarse en la camiseta. Que le parecía feo estar luego todo el día ahí con la mancha en el cuello.

No hice más preguntas.

Pensé en sus progenitores al poner la lavadora, preguntándose qué hemos hecho mal con este chico. O tal vez fueron ellos los que le enseñaron tan sorprendente técnica; una comida familiar en su casa debía de ser un espectáculo digno de ver. Abuela, límpiate que tienes la cara llena de salsa. Vaya cuadro.

Al chaval este le perdí la pista hace muchos años, al dejar el colegio para ir al instituto. Pero a veces me gusta imaginarme alguna escena de su vida. Su primera cena de empresa, por ejemplo. O enseñándole a su primogénito a limpiarse la boca. Espero de verdad que no haya perdido esa costumbre; que la mantenga hasta que sea un venerable anciano cuando, por culpa de los achaques de la edad y la pérdida de flexibilidad, no le quede más remedio que empezar a llevar un calzoncillo en el bolsillo.

9/6/19

Vómito

Era verano y estaba viendo la tele con mi padre. Una película, no recuerdo cuál. De pronto, empecé a notar un bullir en mi interior. Y no es que me estuviera emocionando la peli, ojalá. Era esa sensación, ese aviso que te da el cuerpo, que te informa de que algo no va bien. Ese momento en el que eres consciente de que vas a vomitar pero quieres evitarlo a toda costa. ¿Cómo? Pues ignorando que sabes que vas a vomitar, claro. Si otros problemas de la vida se solucionan ignorándolos con la intensidad suficiente, ¿por qué los asuntos gástricos no iban a funcionar igual? Ay, qué inocentes somos cuando estamos al borde de la regurgitación.

Cuando empecé a notar los restos de mi última comida trepando por la garganta, supe que aquella era una situación que no podía aplazar más. Que aquello no era como ir a recoger el título a la facultad. Así que conteniendo la arcada, eché a correr hacia el baño, descalzo, en calzoncillos y camiseta, que es mi outfit favorito para la época estival. Troté lo más rápido que pude, temiendo no llegar al servicio antes de la explosión. Pero llegué. Vaya si llegué. No hasta dónde yo hubiera querido, pero llegar, llegué.

A mitad de camino entre la puerta del baño y el váter, mi cuerpo dijo hasta aquí, o quizás mi boca alcanzó el cupo máximo de vómito que podía almacenar. No recuerdo todos los detalles. El caso es que no pude aguantar más y vomité. Pero no hacia abajo, en la clásica postura vomitiva. Por ponerlo de manera fina, digamos que proyecté hacia arriba y hacia adelante el contenido de mi estómago, que realizó una maravillosa parábola en el aire, como un arcoíris de mierda, cuyo destino final fue el suelo de baldosa. Correr hacia el chorro de vómito que emana de tu boca es algo que le recomiendo a todo el mundo. Si te gustó escupir hacia arriba, no dejes de probarlo. Todo esto pasó mientras seguía corriendo. Descalzo. Sobre la baldosa.

Lo que sucedió a continuación no creo que pille a nadie por sorpresa. Por un asunto relacionado con algo que se conoce como coeficiente de rozamiento, un poco de inercia y una pizca de estupidez humana, terminé pisando mi propio vómito con los pies descalzos, resbalando y cayendo de culo sobre los restos semidigeridos de mi vientre. En calzoncillos. Mientras seguía vomitando. Sobre mí mismo. Mientras por debajo el vómito se filtraba desde las baldosas a través de mis calzoncillos, por encima me seguían llegando bocanadas de porquería a lo que viene siendo mi pecho, barriga y piernas desnudas.

Me parece que la estampa ya ha quedado bastante clara.

Sin embargo, a pesar de la situación, me vinieron dos pensamientos positivos a la mente. El primero fue que era una suerte que no hubiera salido el día anterior. Y es que no es lo mismo que te vean rebozado en tu propio vómito por, qué se yo, una ensaladilla con una mayonesa en dudoso estado, que por haberte puesto de cubatas hasta las cejas. Eso no hay relación paternofilial que lo resista.

El segundo pensamiento fue que si hubiera vomitado un metro más adelante, lo habría hecho en la taza del váter, pero, si lo hubiera hecho un metro antes, habría vomitado en el pasillo que, por aquel entonces, tenía moqueta. Quizás por la resistencia de la moqueta, por ese rollito velcro que tiene, no habría resbalado y, por tanto, no habría gozado de una buena zambullida en una piscina de bilis y tropezones de comida. Vale, de acuerdo, pero limpiar ese caldo repugnante habría sido bastante más complicado. En especial los trozos más sólidos y pequeños aferrados a las fibras de la alfombra. Y el olor probablemente nos habría acompañado una buena temporada, como un recuerdo silencioso del día en el que el pequeño de la familia vomitó mientras corría en calzoncillos por el pasillo.

Así que, ya ves, quien no se consuela es porque no quiere. Y por seguir con el refranero popular y los lugares comunes: siempre se puede estar peor. Qué se yo, después de vomitarme podría haberme cagado encima.

P.D.: Os dejo aquí un consejo por si algún día, por lo que sea, tenéis que limpiar vómito de una moqueta. De nada.


10/4/19

Madrid está lleno de locos

Resulta que fui en tren a Madrid y... Bueno, primero permitidme que me cite a mí mismo, que es algo que está feísimo, pero que creo que en este caso es necesario.

En el avión a París me encuentro con que el asiento que tengo asignado se encuentra ocupado […]. Una azafata viene a poner orden; comprueba el billete que sostengo como un idiota, a ratos con una mano, a ratos con los dientes, mientras hago malabarismos con mis pertenencias, y resulta que efectivamente esa persona estaba equivocada. Qué sorpresa. Porque vamos, yo soy miope pero no idiota (no mucho), y de momento para leer un número en un papel y encontrar su homónimo en la parte inferior de los compartimentos aún me da la cabeza.


[Desde aquí quiero mandar un cariñoso saludo a mí yo del pasado y desearle que le esté yendo todo bien.]

Apenas me dio tiempo a acomodarme y mentalizarme para las horas de viaje que tenía por delante cuando un señor me informó amablemente de que estaba ocupando su sitio. Con tonito prepotente la voz de mi yo interior dijo «ya empezamos». Menos mal que no se proyectó esa voz al exterior porque el hombre tenía toda la razón. No tuvo tiempo mi culo a ni tan siquiera empezar a dejar allí su forma. Vamos, que dejé tanta huella en ese asiento como en mí dejaron la mayoría de profesores que pasaron por mi vida.

Con legañas en los ojos, el billete en una mano y la maleta en la otra, recorrí el tren en busca del asiento que tenía asignado, situado un par de vagones más allá. Me había equivocado pero bien. Para equivocarme más de sitio tendría que haber cogido un tren a Barcelona y sentarme en la cabina de control. El caso es que mi asiento, qué sorpresa, estaba ocupado. «Uy, qué música...», la voz de mi cabeza. La chica que se lo había apropiado se despidió de la persona que tenía al lado e hizo amago de levantarse cuando me vio llegar. Le pregunté si iban juntas, que era una pregunta tan obvia y estúpida como preguntarle a alguien que entra en casa empapado si llueve fuera. «No, es que han instalado una ducha en el ascensor». Molaba que ella se hubiera puesto en ese plan. «¿Conocernos? No, es que soy idiota y no sé ver cuál es mi asiento». No lo hizo.

Para no separar lo que la amistad, el amor o la coincidencia había unido, le pregunté cuál era su asiento y allí que me fui, maleta en ristre, a desandar lo andado, porque su asiento resultó estar un par de sitios más allá del que yo acababa de abandonar, mientras repetía su número de asiento en voz alta como un tarado porque tenía miedo de olvidarlo y tener que volver atrás para preguntárselo. Que a lo mejor estás pensando que me podía haber puesto en cualquier sitio vacío, pero a esas alturas yo solo quería un lugar del que no me pudieran echar para descansar tranquilamente. Solo Moisés y su tropa pueden entender cómo me sentía.

40 años después por fin pude sentarme y empezar a hacer las cosas típicas de los viajes en tren: leer un rato, echarle un ojo al bodriete que ponían en las pantallas, perder el tiempo con el móvil, jugar al juego ese del T. Rex que aparece en Chrome cuando no hay cobertura, etc., hasta que caí en un sueño intranquilo.

Al llegar a Zamora me desperté sobresaltado, que es la única manera de despertarse cuando te has quedado dormido en un lugar público, con la sensación de que mil ojos estaban clavados en mí. «¿Me habré babado? ¿Habré dicho algo en sueños? ¿Habré abrazado al señor de mi lado?», hasta que contemplé mi alrededor y la estampa me tranquilizó: una persona roncando con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, otra con los pies descalzos, otra doblada en ángulo de 90 grados sobre la mesita, otra con el cinturón desabrochado... Y, entretanto, un señor de pie a mi lado diciéndome algo. Y yo, todavía medio dormido, pensando que me hablaba de Zamora le dije que sí, que es preciosa, tienen una fabulosa colección de tapices flamencos en el museo de la catedral... «Pero no te quedes ahí de pie, hombre, siéntate», yo ya como si estuviera en mi casa. «Lo haría —contestó—, pero estás en mi sitio». Pero vamos a ver, esto qué es, ¿un remake castizo de Atrapado en el tiempo?

Desahuciado por vez tercera, cogí toda mi mierda y pasé de nuevo ante los ojos del señor cuyo asiento había ocupado al principio, que me miraba con cara de «pero muchacho, ¿qué estás haciendo con tu vida?». Yo también me pregunto lo mismo... ¡Métase en sus asientos, señor! ¡No me juzgue! Con la maleta, el abrigo, la chaqueta, el libro, los cascos esos de mierda que te dan y el billete... Espera, ¿dónde está el billete? Vuelta para atrás. «Gracias», al señor zamorano; «¡No me mires!», al maldito señor satisfecho con su vida y con su asiento.

Enfilé pasillo adelante, o atrás, ya no tenía claro ni en qué dirección iba el tren —«Un tren sale de Zamora a las 12.47 y otro de Madrid a las 13.41, ¿en qué parada tiene Berto que cambiarse de sitio?»—, acordándome de los difuntos de la chica por no avisarme de que se bajaba en Zamora. Culpa mía, también, por dar por hecho que todo el mundo va a Madrid. ¡Centralista! ¡Y una mierda pa' ti! Que no, que la culpa es suya, ya está bien de tanto autoodio y tanta moral judeocristiana. ¡Me cago en Moisés, en el becerro de oro y en la zarza en llamas!

Mi cabeza casi explota cuando veo a la chica allí sentada. «Si tú estás en mi sitio, y un señor de Zamora en el tuyo, que era el mío, ¿qué pinto yo en todo esto?». Le pregunté a dónde iba y me dijo, un poco extrañada, que a Madrid. Yo, medio dormido, recordemos que me acababa de despertar, empecé a balbucear algo de que eso no era posible, que me habían echado de Zamora, o sea, de su sitio en Zamora, y que eso tenía que significar que... El revisor me interrumpió para pedirme mi billete, aunque estaba claro que lo que se moría de ganas de pedirme era algún documento que acreditara que no me había fugado de un frenopático.

Resultó que, una vez más, aquel no era mi sitio, ni aquella la chica con la que había hablado antes, que, efectivamente, se había bajado en Zamora, por suerte para ella y para desgracia de esta otra, que se debió de quedar alucinada preguntándose con qué derecho voy yo interrogando por ahí a la gente y qué carajo le estaba contando de un señor y de Zamora.

El revisor me acompañó y me indicó mi asiento (le faltó señalarlo con un puntero láser). Abrazado a mi maleta por si tenía que volver a moverme, me puse a reflexionar —los transportes públicos me ponen mazo introspectivo— sobre aquel dicho que dice que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. ¡Ja! ¡Optimista! Dos veces, dice. ¡Ojalá!

Casualidades de la vida, mi señora madre viajaba también en ese mismo tren, desde una parada distinta a la mía. Por un momento se me pasó por la cabeza la idea de ir a hacerle una visita, pero enseguida lo descarté. Lo más probable es que acabara hablando con una completa desconocida y terminaran por echarme del tren en medio de la estepa castellana.

Al llegar a nuestro destino una chica recibió con un beso y un abrazo a otro chico y le preguntó qué tal el viaje. «Muy tranquilo», contestó. Lo miré con tanto odio... Pero con tanto odio... Se cogieron por los hombros y aceleraron el paso mientras lanzaban miradas furtivas hacia atrás. «Corre, cariño. Ya te dije que Madrid está lleno de locos».

26/3/19

Conato de asesinato

Cómo me joden los viejos. A ver, no todos. No es que padezca de gerontofobia. Me refiero a ese viejo en concreto, como este que ahora viene hacia mí que, con el tren de cercanías lleno hasta la bandera, rechaza la cesión que amablemente le hago de mi asiento. Y se queda allí, de pie, a mi lado, agarrado de la barra, en precario equilibrio y riesgosa tesitura. Tranquilo, me dice. No te molestes, insiste. Y me quedo a medio levantar, con las posaderas levitando, hasta que finalmente las asiento de nuevo porque él verá, si no quiere, no quiere, no seré yo quien le obligue a sentarse. Y la gente, que pasa a nuestro lado en riadas, porque parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo hoy para coger este mismo tren, me va regalando miradas que van desde la ligera desaprobación hasta el odio infinito, pasando por el asco moderado y la vergüenza que da esta juventud que ya no respeta nada. Y yo poniendo cara de no, que le he ofrecido el asiento, pero que no lo quiere, de verdad, que no sé cómo se pone esa cara pero ya te la imaginas. Las arrugas no salen de reír, no, salen de gesticular para que la peña entienda que no es que seas un desalmado, que es que al maldito viejo no le sale de su vetusta alma sentarse. Que también podría levantarme y que se rifen el asiento los demás pasajeros. Pero con lo que me ha costado sentarme, y con lo que agota esta ciudad, no estoy dispuesto a cederle el asiento a nadie con menos de 60 años o al menos una muleta o tres meses de embarazo.

En la siguiente parada la persona sentada a mi lado se baja y el señor se apodera del asiento con una velocidad pasmosa. Me quedo más tranquilo, aunque un poco jodido, ¿qué pasa?, ¿es que mi asiento no le vale al señor?, pero bueno, más tranquilo. Tranquilidad que me dura bien poco, hasta que pasa una persona con evidentes necesidades de tomar asiento. Antes de que pueda hacer yo nada, el viejo la intercepta y le cede su asiento levantándose. Y me digo a mí mismo: ahora sí. Vuelvo a iniciar el movimiento de levantamiento de cachas haciéndole un gesto al señor para que ocupe mi puesto, porque está claro que al señor le cunde estar sentado, a mí no me engaña, pero, poniéndome una mano en el hombro me devuelve a mi asiento y repite que tranquilo, pero ya estoy de todo menos tranquilo mientras me pregunto qué mierda de juego de las sillas es este al que estamos jugando. No me gusta molestar, me dice. Pues menos mal. Que dan ganas de levantarme y, al grito de «se siente, coño», obligar por la fuerza al viejales a aceptar mi amabilidad. Pero no lo hago, claro, por ese algo en mi cabeza, el mismo mecanismo que hace que le ofrezca el asiento a las personas mayores y al mismo tiempo impide que las amenace de muerte para que se sienten, un algo en mi cabeza que aun no ha acabado de soltarse pero que está a punto de caramelo, como ese diente de leche que se retuerce suelto sobre su encía.

Y vuelta a pasar gente y más gente, ¿de dónde sale tanta gente? Y todos me miran al pasar como si estuviera cometiendo el peor de los crímenes, veo el reproche en sus ojos, el odio en sus miradas, el desprecio en sus andares, el ritmo en sus caderas. Pasan a mi lado y me juzgan, me juzgan mal, y me escupirían si eso no fuera rebajarse a mi nivel, a uno de los niveles más bajos de la sociedad, el de joven asqueroso que no le cede su asiento a un hombre de edad provecta. ¿Cómo se puede estar al mismo tiempo sentado tan a gusto y tan incómodo?

Por fin el tren se vacía en Atocha, sale la gente en manada, venga a pastar, y el hombre se sienta a mi lado y, alucina, me ofrece un caramelo. Será para quitarme el mal sabor de boca que me ha dejado toda esa bilis vertida sobre mí. Pero no quiero, gracias. Es de chocolate con leche. No, de verdad, gracias. Tengo más, eh. QUE NO QUIERO CHUPARLE EL CARAMELO, CARAJO YA. Y arranca el tren y me dice pues se ha quedado esto vacío. MENOS MAL, porque estábamos a punto de protagonizar los titulares de la crónica negra: «Conato de asesinato en la línea Aranjuez-Chamartín». «Un viejo y un joven se enfrentan en un tren de cercanías. Lo que pasó a continuación te sorprenderá». Joder con el viejo, cómo me lo ha hecho pasar.

Que luego lo pienso y digo: en realidad, ¿qué culpa tiene el viejo? Él solo estaba siendo amable. No tanto como yo, pero amable al fin y al cabo. La culpa es de la gente y sus miradas. Cómo me jode la gente. Con sus desprecios, con esa manera de prejuzgar, con esos reproches sin conocer la historia entera. ¿Y si yo tengo una rodilla pocha? ¿Y si el viejo tiene un problema en el coxis y no puede sentarse? ¿O si no le apetece? ¿Vas a venir tú, simple mortal, a obligarle? ¿Quién te ha nombrado juez de cercanías para decidir quién merece sentarse y quién no, quién merece la vida y quién la muerte? Qué asco me da esa gente. Con su atalaya moral y sus pamplinas. A ellos es a quien habría que mirar con inquina, señalar con el dedo y escupir al pasar.

Que luego lo pienso un poco más y digo: ¿qué culpa tiene la gente? Ya bastante tienen con sus cosas y con tener que ir en este tren infernal atestado. Quizá sus aviesas miradas no tenían nada que ver conmigo, o solo tenían que ver con mi asiento, un espacio que ansiaban para apoyar sus cansados cuerpos y descansar así sus fatigadas almas. Quizá esos nubarrones en sus miradas eran causados por una mala tarde, un mal día, una mala semana. Tal vez esos rostros oscuros se debían a la subida de la luz o pudiera ser que miraran al viejo con envidia y se preguntaran quién pagará sus pensiones y si tendrán que seguir trabajando muchos años después de haber alcanzado la edad de que les cedan el asiento en los transportes públicos. ¿Por qué tengo yo que prejuzgar a esa gente? ¿Qué derecho tengo? Tal vez ni siquiera se fijaron en mí, quizá yo, corroído por un estúpido sentimiento de culpa infundado, me imaginé toda esa atención que no estaba recibiendo. Y yo ahí, pensando mal de todas esas personas, creyéndome tan importante, el ombligo del mundo. Qué asco. Cómo me jode la gente como yo.